Hoy mismo leo en el diario El Mundo que el alcalde del pueblo sevillano de Carmona, situado a unos pocos kilómetros de la capital andaluza, de camino a Córdoba, ha dicho que «el sol es nuestro petróleo», refiriéndose así a la proliferación de plantas fotovoltaicas, que hoy constituyen un elemento fundamental para apuntalar el futuro de la economía de esa parte de la Península, tan amenazada por la escasez de agua.
Mucho sea habla del «seasonal affective disorder» [SAD] (o trastorno afectivo estacional, en español), que afecta a las personas que experimentan depresión durante los días oscuros y fríos del invierno y que durante el verano parecen «renacer».
Pero hay un grupo de personas, cada vez más grande, que sufren SAD al revés, el llamado «reverse seasonal affective disorder», a los que los días invernales, nublados y lluviosos no les provoca depresión, sino un vigor renovado y un mejor estado de ánimo.
Es difícil cuantificar el número de personas afectadas, pero según la National Alliance on Mental Illness, el SAD inverso afecta aproximadamente a una décima parte de todos los casos de «seasonal affective disorder». Es decir, una de cada diez personas que experimenta cambios en su energía y su estado de ánimo cuando cambian las estaciones del año sufre del trastorno inverso. Yo soy uno de ellos.
Por eso es que me pregunto si la mayor capacidad de generación de energía que producen la sequía y las temperaturas anormalmente altas es algo para celebrar, o si, por el contrario, tenemos que pensar que nadie va a experimentar una mínima empatía por aquella parte de la población expuesta a sufrir estos trastornos físicos y psicológicos, a bajar su productividad, a alterar sus hábitos, a empeorar sus relaciones familiares y vecinales.
Como miembro (probablemente «fundador») de esta minoría, no se me ocurriría pedir al gobierno ni que erradique las plantas fotovoltaicas (que considero muy necesarias) y menos que coloque un gigantesco poncho entre la tierra y el cielo para atenuar el impacto de los rayos solares. Simplemente bastaría -por lo menos desde mi punto de vista- con equilibrar la información que suministran las agencias públicas de meteorología, para que ningún comunicador pudiera decir ya más eso de «¡qué bueno que se viene el calorcito!», o «este fin de semana hará buen tiempo».
Relacionar el sol y los cielos despejados con el «buen tiempo» puede ser acertado para algunas actividades como la navegación aérea, pero si nos fijamos en los datos de lluvias y, sobre todo, en el irracional aumento de las temperaturas que se viene produciendo año tras año, el «mejor» tiempo no es el de la sequía y el de los cielos inmaculados. A mi modesto entender, solo podemos considerar «buen tiempo» a aquel que permite al ser humano sobrevivir sobre la tierra que pisa y no aquel que amenaza con achicharrarlo y matarlo por deshidratación o por un golpe de calor.
Hace bien el señor alcalde de Carmona en considerar que el sol es el petróleo de los andaluces. Pero esta euforia debería, a mi juicio, moderarse un poco, porque detrás de esta declaración hay una velada reivindicación de la sequía y del calor (dos anomalías atmosféricas muy claras) como elementos potenciadores de la economía. Y ya no se trata de sufrir Reverse SAD o no: se trata de tener un poco de sentido común y pensar que el ideal de la vida humana sobre la tierra no puede alcanzarse en base a la anormalidad y al cambio climático.