El pesimismo antropológico de nuestro insigne autor llega al extremo de considerar que «es la primera vez en la historia de la humanidad que la naturaleza humana se ve superada (hoy parcialmente) por una fuerza superior al de [sic] su propio intelecto».
«¿Hubo alguna predicción científica sobre este fenómeno?», se pregunta nuestro Ray Bradbury de andar por casa. «Ninguna», se responde a sí mismo.
Pero, ¿cómo? ¿No es acaso el señor Cornejo un consumado feminista de los valles subandinos?
¿Es posible que una persona tan cultivada y bien leída como él ignore que en el siglo XIX vivió una mujer extraordinaria, que nació en Londres en 1815, a la que su padre -el poeta inglés Lord Byron- bautizó con el nombre de Augusta Ada King y que pasó a la historia con el nombre de Ada Lovelace?
Es verdad que la condesa de Lovelace pensaba que, si bien las computadoras tenían un potencial infinito, no podían ser verdaderamente inteligentes. La genial Ada, amante de las matemáticas, siempre sostuvo que un programa informático puede diseñarse para hacer solamente lo que los humanos sabemos hacer.
“La máquina analítica no tiene ninguna pretensión de originar nada. Puede hacer cualquier cosa que sepamos ordenarle que realice. Puede seguir el análisis, pero no tiene el poder de anticipar ninguna relación o verdad. Su misión es ayudarnos a poner a nuestra disposición lo que ya conocemos”, escribió Lovelace hace ya bastante tiempo.
Hasta el día de hoy, de una manera o de otra, todos los algoritmos de AI requieren entradas en forma de contenido generado por humanos (generalmente de Internet) antes de que puedan responder una pregunta o escribir un poema, o componer una canción, como dice el señor Cornejo.
Que Lovelace se anticipó a la moderna idea de la AI lo confirma la existencia de la llamada «prueba de Lovelace», propuesta en 2001 por los científicos Selmer Bringsjord, Paul Bello y David Ferrucci. Esta prueba tiene por objeto validar la teoría de la insigne matemática londinense acerca de que las computadoras solo tendrán «mentes» una vez que puedan crear algo original e independiente del aporte humano. Hasta el momento, nada de esto se ha cumplido. Todas son especulaciones, se hagan en Sillicon Valley o en Castellanos, camino a Lesser.
Lovelace no negaba la posibilidad de que las máquinas pudieran llegar en algún momento a «pensar» por sí solas (esto es, sin contar con el «input» humano). En su genial negativa se encuentra precisamente la predicción de la existencia del fenómeno de la AI, que acaba de negar enfáticamente un candidato a diputado provincial en Salta.
Tal vez si la predicción la hubiera efectuado un hombre, ¡quién sabe! Pero que Ada Lovelace existió y que fue mujer es algo que no se puede negar desde Salta; aunque no sabemos si negarla tiene que ver con su condición de mujer, con su nacionalidad inglesa o quizá con las dos cosas a la vez.
Einstein, revolviéndose en su tumba
De los algoritmos se puede predicar su «eficiencia», mucho más y de una forma más consistente que su «velocidad».Un algoritmo es considerado eficiente cuando los recursos que consume se sitúan en la media o por debajo de los niveles aceptables. Alcanzamos un nivel «aceptable» cuando logramos que el algoritmo se ejecute en un tiempo razonable en una computadora determinada.
Desde mediados del siglo XX hasta la actualidad, los ordenadores han experimentado un avance impresionante, tanto en poder computacional como en la capacidad de memoria disponible. Los niveles «aceptables» de hoy, por tanto, no son ni remotamente parecidos a los que se consideraban como tales solo diez años atrás.
Hace décadas, un sabio de bigotazos llamado Albert Einstein formuló la teoría de la relatividad especial, de la cual surge, entre otras cosas, que «nada en el universo es capaz de moverse más rápido que la velocidad de la luz».
Aún en los cálculos más optimistas, la luz nunca superará su velocidad máxima de 300.000 kilómetros por segundo. Y si hay un algoritmo que «viaje» a una velocidad superior, o si alguien lo descubre y es capaz de demostrarlo empíricamente, pues que baje Dios del cielo y lo vea, porque probablemente en 1963, en el Valle de Lerma, en vez de haber asistido al alumbramiento de un jurista de alta nota y de un político de rompe y rasga, nos haya nacido un nuevo Mesías, y todavía la humanidad no se ha enterado.
Una pena que el sabio haya malgastado 42 años de su vida en la justicia, cuando pudo haber recibido el Premio Nobel de Física a una edad temprana y dejado al tal Einstein a la altura de un charlatán de feria.
