Me ha tocado en suerte vivir la conquista de nuestra tercera Copa del Mundo en un país volcado -gracias a Dios, no masivamente- con nuestros rivales. Con todos ellos, no solo con los que enfrentamos en la final.
Vivir casi un mes entero con la indignación contenida seguramente no es bueno para nadie, pero por lo menos a mí me ha servido para entender el significado profundo del desahogo deportivo; para entender las razones y los sentimientos de los jugadores argentinos, a los que justifico largamente, y para blindarme ante los ataques despiadados de los que no nos quisieron nunca y -después de anoche- nos quieren todavía menos.
Puedo entender la angustia y la desazón de un hincha francés del equipo de Francia; puedo justificar sus reacciones, aun las más ásperas y agresivas. Pero no puedo entender ni entenderé jamás a aquellos que, sin ser franceses, hincharon por los azules solo por su antipatía hacia el equipo argentino.
No veo por qué tengan que rasgarse ahora las vestiduras aprovechando algo tan intrascendente como las reacciones de nuestros jugadores en la intimidad de un vestuario que jamás debió trascender. Lo que he escuchado y leído en estas últimas 24 horas me confirma que algunos son más papistas que el Papa (más mbappistas que el propio Mbappé) y que hasta el aleteo de una mariposa en el vestuario argentino es ocasión propicia para sacar a pasear una moralidad inoportuna, superficial y falsa.
Si los franceses -los directamente concernidos- no se han sentido especialmente menospreciados por las celebraciones argentinas ¿por qué tendrían que sentirse ofendidos aquellos que no son franceses y que arrastran una larga historia de desprecio hacia sus vecinos gabachos?
¿De qué deportividad me hablan aquellos a quienes los dos goles de Messi y el golazo de Di María, lejos de despertarles admiración, les hicieron escupir su pestífera hiel?
Carece de cualquier hidalguía deportiva el que, para empezar, duda de la legitimidad de la victoria del ganador. Es más inmoral, siempre, no aceptar un resultado legítimo que festejar un triunfo de forma excesiva o ridícula.
Tampoco hace gala de deportividad en ningún sentido el que no entiende aquello de «To the victor belongs the spoils». Esto significa, ni más ni menos, que el ganador de una competencia como esta se gana también el derecho a obtener «beneficios adicionales» que van más allá del objeto final de la propia competencia. Ha ocurrido siempre así, y no creo que porque la victoria haya correspondido a la Argentina se deba negar arbitrariamente este derecho.
Estoy convencido de que las incomodidades y las molestias que el triunfo de la Selección Argentina ha provocado en algunos a los que bien conozco por su proximidad han sido mucho mayores de lo que se esperaba por el solo hecho de que esta vez nuestro equipo ha disfrutado de un amplio apoyo en muchos países del mundo. Ya no solo eran 47 millones de «loquitos» (frustrados, decadentes, amantes del psicoanálisis y potenciales emigrantes) los que apoyaban al equipo, sino tal vez hasta mil millones, solo si se cuenta la simpatía masiva de países como la India o Bangladesh.
Esos sentimientos -perdónenme que lo diga- no los provoca ni llegaría a provocarlos jamás el pulcro Iker Casillas, quien entre los récords de su carrera cuenta el de ser el arquero al que más goles le ha metido Lionel Messi (17) a lo largo de su brillante carera. Me temo que ayer el capitán argentino y némesis del Real Madrid le ha metido a Casillas uno más, pero que vale por mil.
Para algunos ha llegado la hora de digerir deportivamente la «traición» de dos expatriados geniales (el que dirigía al equipo, que vive en Mallorca, y el que lo capitaneaba, que vive en París y se crió en Barcelona). Esa «falta de gratitud» hacia el continente que los acoge y «les da de comer» provoca aquí unos enfados enormes.
Y si es así, qué quiere usted que le diga, que venga alguien con buen corazón y pida perdón por haber ganado la final o por haber festejado con soberbia y desprecio. Yo no lo haré, y no solo porque no he menospreciado a nadie, sino también porque creo que ganamos en buena lid, tanto la Copa del Mundo como el pan que diariamente nos llevamos a la boca.