El aristocrático sacerdote hablaba así, poco después de que se conociera en el ámbito judicial que las correosas monjas del turístico convento salteño habían decidido «ampliar» la denuncia por violencia de género contra el Arzobispo de Salta y otros dos curas de menor graduación, para incluir en ella al belicoso Pinto y de Sancristóval.
Según el pronóstico/advertencia del sacerdote, si las monjas rebeldes se empeñan en seguir apostando al culto no reconocido de la Virgen del Cerro, se exponen a ser apartadas de la Iglesia (como los peores pecadores).
Y no solo eso: las religiosas serán retiradas a los empellones de las celdas que ocupan en el convento de clausura (algunas desde la época de Pío XII), porque el cura se propone repoblarlo.
Desde 1582 -fecha en la que un atribulado licenciado sevillano de apellido burgalés y triste fama decidiera repoblar el valle de Salta, erigiendo una ciudad cuadriculada que, encajonada entre cerros, llevaría su nombre- los españoles no influyen decisivamente en la demografía vallista.
De conseguir su propósito, el también licenciado Pinto y de Sancristóval, alcanzaría entonces la dignidad de primer colonizador del siglo XXI, título que se le anda negando al noble sacerdote exactamente como la Champions League le está resultando esquiva a Pep Guardiola.
¿Quiénes serán los futuros o las futuras moradores/as del convento? Hasta ahora no se sabe nada, aunque algunos sospechan que detrás de este arbitrario designio se esconde una operación de limpieza.
Lo cierto y verdad es que las fuerzas refundadoras, que al parecer se reproducen como bacterias en el Palacio Episcopal, se darían por bien servidas si los nuevos/as ocupantes del Convento llegaran a hacerse cargo de la plaza bajo la guía señera de un buen contador (o contadora) que pudiera obrar el milagro de transparentar las cuentas y los negocios; y, sobre todo, acelerar las transferencias.
Es decir: puede que en el futuro en Caseros y Santa Fe haya monjas votantes de Unidas Podemos mezcladas con las de Vox; pero esta mezcla, por muy irreverente que parezca, será lo menos importante, siempre que las nuevas pobladoras sean capaces de rendir cuentas de sus negocios a extramuros.
Al final, lo que importa (como siempre) es la platita.

