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  • Una vida entre Maradona y Jeffrey Epstein
  • No es un secreto para nadie que lo que en la Argentina llamamos «jamón cocido» (y pagamos generalmente a un precio estratosférico) recibe en España el pomposo nombre de «jamón de York», para diferenciarlo del producto estrella de la gastronomía nacional, que nace de los perniles de aquellas criaturas que se crían comiendo bellotas en Jabugo y en Guijuelo.
Andrew
Andrew

Al parecer, el apellido del jamón cocido proviene de la mismísima ciudad de York, ubicada al Noreste de Inglaterra. Allí, en el siglo XIX, un carnicero local llamado Robert Burrow Atkinson comenzó a curar la pierna del cerdo de una forma especial. Cobró tal popularidad entonces, que los visitantes llegaron a exportar el nombre, y en otras localidades del Reino Unido la gente comenzó a pedir el «jamón curado al estilo York».



La denominación no ha llegado a la Argentina, probablemente a causa de ese sentimiento anglofóbico, amplificado en 1982 y remachado en 1986 en el Estadio Azteca, con dos goles que nadie podrá extirpar de la historia.

Varios siglos antes, allá por el 1600, se creó el título de Duque de York, que desde entonces ha sido concedido al segundo hijo de los monarcas ingleses (más tarde británicos).

Así, de esta guisa, el príncipe Andrew, tercer hijo y segundo varón de la reina Isabel II y el principe Philip, Duque de Edimburgo, se hizo con el ducado, pero no desde que era un niño, sino desde el 23 de julio de 1986; es decir, un mes y un día exactos después de que Maradona desparramara por el césped a medio equipo inglés, no sin antes haber introducido en el arco del rencoroso Peter Shilton la pelota de un certero y casi imperceptible puñetazo.

Quizá como reacción a esa afrenta argentina, los ingleses decidieron convertir a don Andrew Albert Christian Edward, no solo en Duque de York, sino también en Earl of Inverness y Barón de Killyleagh.

Al parecer, Andrew adoraba su título de duque porque le gustaba mucho el jamón, a poder ser «tiernito».

Pero no ha podido ser. El tercer gol contra el equipo de las islas lo ha terminado de meter —también con la mano— el finado sex offender Jeffrey Epstein, que, desde la tumba, ha obligado a Andrew a renunciar a su título de Duque de York, así como a sus otros honores. Todo esto sucede después de que en 2019 Andrew fuera apartado, por los mismos motivos, de sus deberes reales, y que en 2022 fuera despojado de sus patrocinios reales y títulos militares.

O sea que el hombre ya venía barranca abajo y se espera que Buckingham no tarde mucho en quitarle también la dignidad de príncipe que aún conserva, a pesar de las duras acusaciones de Virginia Giuffre, quien antes de suicidarse dijo haber mantenido relaciones sexuales con el príncipe cuando ella tenía solo 17 años.

A pesar de todo este embrollo, Andrew seguirá viviendo en una residencia real próxima al castillo de Windsor, y sus hijas podrán seguir siendo princesas. Pero —para contrariedad de una conocida familia salteña— su exesposa Sarah Ferguson perderá también su título de Duquesa de York.

El jamón ya no tiene quien lo ampare en el seno de la alta aristocracia londinense.



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