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  • Cuando de bichos se trata
  • Hace muchos años, hablando de reencarnaciones durante una cena surrealista, una vieja bruja, casada por entonces con un prestigioso médico de origen sirio, le dijo a un amigo mío que si ella tuviese ocasión de vivir otra vida, no dudaría en reencarnarse en una víbora.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Mi amigo, convencido, le respondió: «Señora, uno no se puede reencarnar en el mismo animal que fue en vida».



Por lo que estoy viendo, los therians se reencarnan solo en vertebrados de cierto porte, e ignoran —para tortura de Kafka— a algunos insectos que también forman parte de nuestro paisaje natural.

Por eso es que, si algún día (que intuyo no muy lejano), la Legislatura de Salta nos obliga (como obliga a los funcionarios a someterse a una prueba toxicológica) a elegir un animal de nuestro agrado; o si nos somete a una resonancia para saber —contra nuestra voluntad, por supuesto— qué animal se esconde dentro nuestro, pienso que dentro mío encontrarían a un alacrán, gordito y crujiente.

Y si no lo hallaran, no tendría inconvenientes en autopercibirme como tal.

Veamos algunas ventajas:

Para empezar, asustaría a la gente (ganas no me faltan con algunos). Luego, estoy casi seguro de que no me aplastarían de un chancletazo porque mi veneno es útil para producir el antídoto. Sería como tirar litio a la marchanta.

En tal caso, si algún vecino me descubre dentro de un zapato o agazapado entre dos bloques de adobe, estoy seguro de que me colocará en un frasco y me enviará al ministerio, sin tener necesidad de darme de comer ni de beber.

Luego, las autoridades locales me pondrán en una caja de telgopor climatizada, en donde tendré oportunidad de aparearme con unas estupendas alacranas halladas en el barrio Solidaridad, y me enviarán por avión a Buenos Aires con todos los gastos pagos.

Allí, en la gran urbe, unas agraciadas científicas del Malbrán extraerán cariñosamente mi veneno en condiciones de máxima higiene.

Aunque después de obtener lo que les interesa me eliminen como a un ser despreciable, ya habré vivido una vida de aventuras que no está al alcance de cualquier insecto de los barrios periféricos de Salta.

Sin dudas, extrañaré los partidos de fútbol con mis compañeros alacranes en los que suelo ir al arco y atajar pelotas difíciles, como lo hacía el mítico René Higuita. Pero la vida de un therian invertebrado es corta y hay que disfrutarla.

Lo que más lamento es que todo esto no sea más que el sueño de una noche de verano, ya que, como dijo aquella vez mi amigo, nadie puede elegir convertirse en el mismo bicho que uno es (o fue) en su vida civil.



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