La sima abismal abierta en plena calle podría albergar el enterramiento hasta de una pequeña civilización, y solo porque Dios es grande ninguna persona ha perecido engullida por su siniestra profundidad.
Ya está bueno escribir «Discépolo», cuando el apellido original del insigne dramaturgo y poeta argentino no lleva acento gráfico, como la mayoría de los apellidos italianos.
Lo llamativo es que el gobierno se cubra las espaldas, y antes de que intervengan expertos y peritos, y exonere de toda responsabilidad en el hundimiento a la empresa estatal Aguas del Norte, diciendo que por debajo del pavimento colapsado a nuestros pies no se advierten fugas de agua o de líquidos cloacales, e insinuando muy discretamente que la losa cedió por otros motivos.
Si a alguien se le ha ocurrido pavimentar la avenida, es casi seguro que Aguas del Norte estaba al tanto de que se iba a colocar una losa de hormigón de varias toneladas encima de sus caños, que solo estaban rodeados de vacío. Así que de exoneración de culpas nada de nada. Aguas del Norte debió exigir a los pavimentadores que colocaran su losa sobre tierra firme y no agarrada con alfileres encima del aire.
¿Inconveniente? Lo que se aprecia en las fotos parece más bien producto de una desgracia, que de un simple «inconveniente».
Si nos atenemos a los titulares que han capturado la atención de los lectores de la prensa digital salteña durante los pasados meses de diciembre y enero, el problema de Aguas del Norte consiste precisamente en la sequedad de sus caños. Es relativamente fácil no encontrar agua en un socavón de estas insólitas dimensiones cuando el líquido es escaso.
Tenga o no que ver Aguas del Norte con la apertura de este agujero de proporciones bíblicas, ningún derecho tiene a publicar una noticia en la que, en vez de lamentar los daños como corresponde, se limite a suspirar diciendo: «Por lo menos no es culpa nuestra. Los caños están chalita».
Porque la gente de la zona no solo tiene derecho a tener agua, sino a circular con garantías de mínima seguridad por la calle, y no andar calculando que en cualquier momento la tierra se puede abrir a sus pies, como ha sucedido.
