Esta es la inolvidable frase con la que el servicio de comunicación pública de la Corte de Justicia de Salta abrió ayer el despacho de prensa en el que se ofrecen en adopción tres criaturas desamparadas.
Cualquiera que lea en sus pantallas esta peculiar «oferta» puede llegar a la conclusión de que la Corte de Justicia ha cambiado su trascendente misión institucional por el negocio de intermediación inmobiliaria: «buscamos familias que puedan ofrecerles un espacio donde sus lazos fraternos se fortalezcan día a día», dice el parte oficial.
Este lenguaje induce a pensar que no se busca tanto «familias» como «espacio» (o, en el mejor de los casos, familias «con espacio»); con lo cual -más que facilitador de adopciones- los especialistas judiciales de Salta ejercen de «children realtors». El servicio debería incluir también el pago del camión de la mudanza.
Pero si lo que la Corte busca para esos niños es «espacio», la mejor solución sin dudas es la familia de los Supersónicos, que, como todo el mundo sabe, vive en el espacio sideral.
Es tan absurda la oferta de adopción de la Corte de Justicia que apunta a localizar una familia «que los ame incondicionalmente» y que, además, les ofrezca «un hogar donde puedan construir un futuro lleno de esperanza». Es decir, los dos requisitos juntos, a la vez.
Por tanto, puede haber una familia dispuesta a ofrecer su hogar y su cariño para que los niños «puedan construir un futuro lleno de esperanza», pero si esa familia no los «ama incondicionalmente» (cosa bastante difícil de conseguir), estará eliminada.
Al contrario, si la Corte tiene la infinita fortuna de hallar una familia que, sin conocer a los niños más que por las tapas, los «ama incondicionalmente», pero que al mismo tiempo carezca de un hogar, o que, teniéndolo, no asegure a los niños «un futuro lleno de esperanza», esta familia también será eliminada.
Pero no todo está perdido, pues los adoptantes pueden decirle a sus futuros adoptados: «Hijitos: sabemos muy bien que la supervivencia en el mundo está amenazada por el calentamiento global y el cambio climático; que se están agotando las fuentes de energía, que resurgen los fascismos, que no hay trabajo para todos y que nuestros políticos cada vez son peores. Pero vengan a nuestro hogar que allí les espera un futuro lleno de esperanza».
En estos casos, mejor que «un futuro lleno de esperanza» es ofrecerles «una heladera llena de comida».
Es incomprensible que una autoridad pública que -se supone- mantiene un contacto estrecho y responsable con la realidad prometa a las familias y a los niños un mundo que no existe y que esa misma autoridad es incapaz de construir, por más que se lo proponga. Del mismo modo, es irresponsable que quienes manejan este tipo de asuntos jueguen con las emociones de niños expuestos, especialmente amenazados de exclusión social, prometiéndoles que la adopción traerá la felicidad completa a sus vidas y solucionará como por arte de magia todos sus problemas y carencias.
No se puede ofrecer niños en adopción con este tipo de lenguaje, entre pueril y folletinesco; es decir, como si fueran dibujitos de Sarah Kay, animalitos de peluche o perritos de compañía. El rigor jurídico y la seriedad institucional han sido sustituidos en Salta por el marketing y los ganchos de Instagram.
Los niños son seres humanos portadores de derechos y no mercancía de saldo u objetos de fantasías. Los niños que se ofrecen en adopción no están para satisfacer los sueños de nadie. Esto sería instrumentalizarlos en beneficio de los apetitos y necesidades de los adultos
Quien no piense de este modo, puede seguir consumiendo este tipo de anuncios judiciales, cuya formulación básica, por muy cruel que suene, dice más o menos así: «Es una niña soñadora, atlética, curiosa, llena de ilusión y de aspiraciones, buena estudiante, dulce, apacible y coqueta... y en ocasiones, solo en ocasiones, debe tomar las pastillas que le han recetado en el Ragone».
