Si es verdad, como dice el gobierno provincial, que «Salta tiene todo lo que el mundo necesita», en vez de echar las campanas al vuelo, ahora deberíamos empezar a pensar seriamente cómo defender nuestra riqueza natural, en caso de que algún buey corneta quisiera apropiarse ilegítimamente de ella.
A menos que el portaaviones Gerald Ford pueda estacionarse en el río Chuscha, es difícil no detectar con tiempo un ataque aéreo lanzado desde el Pacífico, a más de 800 kilómetros de distancia.
Ya sabemos que no somos capaces de detectar ni una avioneta langostera que transporta cocaína en Rosario de la Frontera, pero tal vez si un originario de San Antonio de los Cobres —o, en su defecto, una «persona», como dice el gobierno— ve pasar por el cielo diáfano de la puna una cuadrilla de Oeste a Este, pueda enviar a tiempo un WhatsApp a la Defensa Civil, antes de que los caza lleguen a sobrevolar el Cerro San Bernardo.
Si, a pesar del aviso, los efectivos de la división aerotransportada 101 (los «Screaming Eagles») igual se lanzan como langostas sobre la Plaza 9 de Julio, en vez de despertar al coronel samurai que comanda nuestras tropas de elite en el Norte de la ciudad, deberíamos movilizar a los pochocleros de las peatonales, para que «atiendan» a los invasores a cadenazos, como lo hacen con los inspectores municipales.
La segunda medida defensiva consistiría en convocar a la capital al Interventor Municipal de Aguas Blancas, porque en cuestión de minutos el hombre puede construir una alambrada para impedir el paso de los paracaidistas hacia el Grand Bourg. Y en el peor de los casos, se puede agarrar a cabezazos con los fornidos soldados de Wisconsin.
La autoridad fiscal tendría que ver si las ametralladoras antiaéreas halladas hace unos días en poder de un jubilado en una finca de Chicoana todavía funcionan, y mandar a unos gauchos a cuidar de nuestras instalaciones de distribución eléctrica. Si las tormentas de verano, con su ferocidad, no han sido capaces de echar abajo nuestra red, es muy dudoso que un ataque enemigo lo consiga; sobre todo, si en tierra hay gente esperando el sobrevuelo hostil de aviones de combate.
Por último, es necesario movilizar los fortines, pero no para que den batalla, sino para que emborrachen a los soldados invasores en asados y chupingas invariablemente pagados por el Estado. El objetivo no es que abandonen nuestro territorio sino que lo hagan, a ser posible, cantando la López Pereira, en vez del Star Spangled Banner. Tal vez, en el próximo desfile de Güemes haya una delegación de West Point.
No tendremos un arsenal nuclear, pero en Salta hay cientos de descendientes del astuto Chocolate Saravia, que cuando vengan los norteamericanos y pregunten si por aquí pasa el Trópico, les responderán: «A veces».
Los salteños deberíamos abrir una consulta popular para determinar de antemano a quién se tienen que llevar las tropas norteamericanas a un juzgado de Nueva York. Desde ya Emiliano Estrada está descartado, porque con sus chicanas judiciales nos va a hacer quedar muy mal en el Gran País del Norte. Yo pongo los votos solo por Rodolfo, los otros son locos, yo los conozco, no los soporto.
En realidad, tendrían que llevarse al de los «tutanes kamones» y no regresarlo jamás.
Es muy difícil que, en caso de conflicto, Donald nos gane el pulso.