Las mismas informaciones señalan que el acto de homenaje había sido organizado por la Embajada Argentina en España con ocasión del 175 aniversario de la muerte de San Martín, y contó con la presencia, entre otras autoridades, del alcalde de Cádiz, la ciudad andaluza en la que el Libertador de América vivió nada menos que diez años de su vida.
Quisiera adelantarme a decir que la expresiones laudatorias del rey de España (o de la institución monárquica) por parte del Embajador argentino son absolutamente reprochables.
Pero no lo son por razones históricas o patrióticas, ni por ofender la memoria de San Martín, ni por expresar una preferencia ideológica en el momento y en el lugar equivocados, sino por que, en el contexto de un acto organizado por el Estado argentino en un país extranjero, aquellas palabras comportan, además de una manifiesta imprudencia, una clara violación de la neutralidad política de los agentes diplomáticos y un apartamiento notable e injustificado de las normas del protocolo.
Aunque el Jefe del Estado español tiene un carácter marcadamente simbólico y su autoridad está plenamente sometida a la Constitución (lo que se olvida con frecuencia en la Argentina, en donde se piensa en Felipe VI como si fuera Fernando VII), el lema «¡Viva el rey!» (versión abreviada del «¡Viva el rey, muera el mal gobierno!») no es políticamente neutro en España, sino más bien todo lo contrario. Podría haber gritado «¡Viva la república!», que estaríamos en las mismas.
Las encendidas vivas de Bunge Saravia podrían ser interpretadas como una inadmisible interferencia del Estado argentino, a través de su representante en España, en el debate político e ideológico sobre la forma del Estado, en un país en el que más del 40 por cien de sus habitantes se manfiestan a favor de la república, contra un 34 que prefiere la monarquía.
No reparar en este detalle y hablar de «incoherencia histórica», de «vituperio a San Martín», de «embajador cipayo» o insinuar que los argentinos –después de más de dos siglos de independencia y de paz– siguen siendo enemigos mortales de la monarquía española es, a mi juicio, minimizar la gravedad de las palabras del Embajador e intentar llevar al resbaladizo terreno del sentimiento nacionalista (fronterizo con la xenofobia) lo que no es sino una demostración palpable de que, llegado el caso, el actual Embajador argentino en España no defenderá adecuadamente, ni al país al que representa ni a los nacionales de este, frente al país receptor.
