La crónica recuerda las aportaciones de los diferentes intendentes municipales (solo a unos pocos deja afuera) y reconoce la decisiva intervención de don Julio Argentino San Millán padre, que le dio en los años de la llamada Revolución Argentina su forma exterior actual.
Uno de ellos fue el mítico Sapo Chilo, que durante décadas cuidó con mimo de las instalaciones municipales, aun cuando un infortunado accidente le privó, en sus últimos años, de su acrisolada agilidad motriz.
Bochófilos y pelotaris debían lidiar con los rigurosos protocolos de Sapo Chilo, quien en su afán de mantener aquellas canchas, a veces parecía demasiado inflexible.
Las actuales autoridades municipales deberían colocar una placa en memoria de Chilo, bien sea en el buffet o en la cancha de paleta, aunque esta última merece llevar el nombre de la viuda de Domínguez, la sufrida vecina de al lado, a la que los jugadores recurrían una y otra vez para ir a buscar la pelotita perdida.
También se debería rendir otro homenaje póstumo a otro vecino ilustre: el farmacéutico Chato Juárez que fue vilmente ultimado por unos malvivientes en los años setenta. El hombre había sido el proveedor regular de los deportistas cerrillanos que acudían a él por vendas y ungüentos para los esguinces provocados por aquellas irregulares canchas que el Intendente actual parece que va a «poner en valor».
La piscina cerrillana debería llevar el nombre de don Leonor Villalba, célebre fontanero cerrillano, residente en la calle Mitre, muy cerca del Club Municipal.
Y si no fuera porque el salón auditorio, en donde funcionó el primitivo cine cerrillano, lleva el ilustre nombre de doña Sara San Martín de Dávalos, una consulta popular debería decidir si incluir los nombres de Lucas Mendoza (el carnicero que fue vecino de la poetisa tucumana en Palo Marcao) y de Ricardo Juárez, alias Kato, la persona que junto a Sapo Chilo dedicó más tiempo al mítico club.
¡Larga vida a los héroes olvidados del Club Municipal de Cerrillos!