Una eficaz acción conjunta de las fuerzas de seguridad y los aparatos judiciales de dos países ha permitido localizar a la persona buscada en Bolivia y traerla de regreso al país del que fue arrancada -al parecer- mediante engaños.
Lo curioso es que -dice el diario- «la policía de Bolivia la llamó con candor humano» [sic].
En una circunstancia tan tensa como el rescate de una probable víctima de trata, lo menos que se puede esperar es que la policía sea «candorosa», ni con la familia de la rescatada y, menos, con el presunto traficante.
Puede que los policías bolivianos hayan actuado con «calor humano», pero esto es bien distinto a haber actuado con ingenuidad, inocencia, sencillez, candidez, credulidad o, incluso, con "suma blancura".
Además, poner al teléfono con su madre a una menor de edad rescatada de las garras de la mafia, más que un gesto humanitario -que lo es, sin dudas- forma parte del protocolo de actuación policial, que no prevé en ningún caso que a los progenitores se los deba tener con el Jesús en la boca todo el tiempo.
Pero el que los polis del vecino país hayan actuado como los seres humanos que son y hayan permitido el inmediato contacto materno-filial, no los convierte ni en candorosos, ni en ingenuos, ni en crédulos.
Más que con candor, un buen policía en estos casos debe actuar como un cóndor, y no solo cuando con sus garras captura a sus presas sino también cuando debajo de sus gigantescas alas cobija a sus pichones.


