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  • Mario Antonio Cargnello ha acudido a la cima del Cerro San Bernardo sin guion y, aparentemente, se ha dejado llevar por el calor del momento, a juzgar por la poca conexión lógica de los temas abordados en la homilía con la que ha puesto fin al tradicional Via Crucis serrano de este Viernes Santo.
El Arzobispo de Salta habla desde la cima del Cerro San Bernardo
El Arzobispo de Salta habla desde la cima del Cerro San Bernardo

Contagiado probablemente por la confusión electoral (de la que la Iglesia no es ajena, pues los clérigos acaban de ganar dos elecciones al hilo en la corporación de los abogados), el Arzobispo de Salta ha hecho una extraña mescolanza de temas mundanos y espirituales durante su mensaje a los fieles reunidos en los alrededores de la estación terminal del teleférico salteño.



Las palabras del prelado, recogidas prolijamente por el diario El Tribuno de Salta, dan la impresión de que el «alto magisterio» de la Iglesia, a pesar de haber sido ejercido desde el punto más alto del territorio topográfico, ha bajado varios peldaños en el territorio espiritual y filosófico.

Dice el diario salteño que Cargnello «habló a los fieles sobre el poder, el dinero y la fe», tres elementos que, casualmente, tanto el Arzobispo de Salta como la cúpula eclesiástica que habita las perfumadas estancias del Palacio Episcopal de la calle España conocen a la perfección, ya que los tres forman parte de la esencia de su oficio y desde hace bastante tiempo.

En su variada y mediática homilía, Cargnello ha denunciado que «hay falsos dioses», pero en lugar de decir que «el dinero» es uno de ellos, ha preferido utilizar el lunfardo discepoliano y decirle a los fieles que la fake deity es «la guita», recordando quizá el título de una vieja película de Norman Briski.


Según el Arzobispo de Salta, cuando los fieles creen en el falso dios de «la guita», tarde o temprano se dan cuenta «de que no tiene rostro», lo cual contradice o minimiza de alguna manera los grandes esfuerzos del gobierno provincial para el que el rostro del General Martín Miguel de Güemes aparezca finalmente en los billetes de 200 pesos.

Dice también el Arzobispo que «la fama dura un día» y dijo que «estamos viendo cómo caen mitos en el mundo de la televisión», lo cual es sorprendente porque desde hace años que la iglesia católica no se preocupa por lo que sucede en la televisión, y menos un Viernes Santo, en el que se supone que el recogimiento y la solemnidad son la norma.

Probablemente lo que llame la atención del prelado es el contraste entre la fama efímera de la pequeña pantalla, que rápidamente va quemando a sus figuras más encumbradas, y el largo desempeño episcopal, pues él mismo acaba de cumplir en el cargo 23 años y ocho meses, que es exactamente lo que dura su fama desde 1999.

Cargnello también llamó a pensar en Dios «en los momentos de aparente triunfo», una afirmación que algunos han interpretado como el negacionismo episcopal de la victoria de la Selección Argentina en Qatar. ¿Habrá metido Montiel realmente el último penal, o lo que vimos en nuestros televisores fue un deep fake hecho con inteligencia artificial?


El rostro de Jesús y la pobreza

Desde el punto de la profundidad teológica, el mensaje del Arzobispo tampoco se ha destacado por su hondura, ya que decir a los cuatro vientos que «los cristianos creemos que Dios tiene rostro humano, que es el rostro de Jesús» es una verdad tan antigua como el andar a pie, una simplificación bastante discutible del misterio trinitario. Porque Dios no solo tiene rostro humano sino también forma de paloma. Para certificar la naturaleza humana de Dios no hace falta ni siquiera solicitar a un perito arqueólogo que se expida sobre la autenticidad de la Sindone, pues basta con contemplar un par de segundos la Sábana Santa para que cristianos y no cristianos, con el corazón encogido, se den cuenta de que Jesucristo no solo era humano, sino que también tenía un rostro «humano».

Al hablar de la pobreza, Cargnello ha dicho, en tono elogioso, que la gente de Caritas «trabaja con seriedad y se dedica a la gente humilde». Dejando a un lado el hecho de que los cristianos no esperan que Caritas se tome su misión para la chacota, y que, en vez de dedicarse a los humildes, se consagre al bienestar de los ricos, lo cierto es que hablar del «servicio de dar de comer» seguida de la exhortación «debemos lograr que algo adentro se transforme», más que enviar un mensaje al apostolado de Caritas, parece un discurso dirigido a los especialistas de aparato digestivo del Hospital San Bernardo.

Cuando el Arzobispo dice «que no le hagan asco al sacrificio», ¿se refiere a los voluntarios de Caritas? ¿Es que sacrificarse por los humildes les provoca asco? Si fuese así, a estas horas la Santa Madre Teresa de Calcuta debería de estar enfurecida por la superficialidad y la escasa propensión al sufrimiento altruista de los cristianos de Salta.


Inteligencia artificial

Para no dejar tema de actualidad por tocar, el Arzobispo de Salta se ha lanzado a hablar de la inteligencia artificial, preguntándose con intriga «¿quiénes somos si una máquina nos va a empezar a dominar?».

El mismo Arzobispo no se preguntó quiénes éramos cuando nos dominaban Romero y Urtubey. Tampoco, por cierto, hizo el más mínimo esfuerzo dialéctico por desentrañar la ontología profunda de esos seres dominados durante siglos por el poder eclesiástico.

Todo ello empujaría a cualquiera a concluir que a don Mario Cargnello le preocupa mucho que nos dominen las máquinas pero no le preocupa nada que lo hagan nuestros semejantes.

En su arremetida final contra el dinero («la guita»), el Arzobispo de Salta hizo alusión a lo que él llamó -otra vez con precisión discepoliana- «la timba financiera». Sobre este arriesgado juego, el prelado dijo: «las empresas ponen plata en lugares que de un día a otro voltean».

El mensaje se puede interpretar en dos sentidos: 1) Muchachos, no sean giles, inviertan donde invertimos nosotros, que de esto sabemos un montón; o 2) A mí me han volteado una media docena de cuevas financieras en los últimos meses, porque a los curas también nos dan consejos temerarios.


La dignidad de Nuestro Señor Jesucristo

“Lo propio del cristiano es creer que Dios se ha hecho hombre y perdió la dignidad [sic] y la vida por cada uno de nosotros. Eso contemplamos el Viernes Santo y es la base de nuestra fe”.

Es muy probable que los expertos en la doctrina de la Iglesia, como el ilustre Joseph Ratzinger, no estuvieran de acuerdo con que en «la base de nuestra fe» se encuentre la pérdida de dignidad de Nuestro Señor Jesucristo.

En realidad -y esto el Arzobispo lo sabe muy bien- Jesucristo es digno por la creación, por su muerte y por su redención. Así que ni en sus peores momentos perdió la dignidad.

Como enseña la Iglesia desde tiempos muy antiguos, la dignidad cristiana es la eminencia de ser propia de la persona humana, que por estar conformada en Cristo, participa en la filiación divina. Esta dignidad comporta la misión apostólica y que estén destinados a ella los medios santificadores.

Todo indica que el teleférico no es ni un medio santificador ni un buen escenario para reflexionar sobre la dignidad de Dios y de la persona humana.



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