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  • Panorama semanal
  • La Cámara de Diputados aprobó en su última sesión, con una abrumadora mayoría, un aumento de las jubilaciones, una nueva (y temporaria) moratoria previsional y la declaración de emergencia en el área de discapacidad. En la composición del voto que dio media sanción a esos proyectos —aborrecidos por el oficialismo— se destaca la influencia de gobernadores que, en más de una ocasión, le han evitado al Gobierno sobresaltos legislativos, influyendo sobre diputados y senadores de sus provincias.
Javier Milei, Presidente de la Nación
Javier Milei, Presidente de la Nación

Esa misma semana se habían congregado en el Consejo Federal de Inversiones casi todos los gobernadores, la mayoría de forma presencial y algunos pocos por Zoom. Solo faltó el gobernador correntino, a punto de afrontar elecciones en su distrito.



¿Por qué no charlarmo’ un poquito?

La reunión de los jefes provinciales estuvo motivada por varios temas concomitantes: el Estado ha cortado de cuajo la obra pública, desfinancia proyectos de infraestructura y practica reformas impositivas que afectan directamente los ingresos de las provincias.

Los mandatarios decidieron solicitar una audiencia con el Presidente para analizar en conjunto la cuestión fiscal, “en el espíritu de los Pactos de Mayo” firmados en julio del año pasado en Tucumán, y que por ahora solo se han concretado en el papel.

En pleno viaje a Italia, España e Israel, el Presidente adelantó que volvería a recurrir al veto si el Senado ratifica las iniciativas. Tendrá que volver a hacer cuentas: ¿podrá sostener esa posición sin contar con la ayuda de los gobernadores y de los legisladores que, en su momento, estuvieron dispuestos a respaldar sus jugadas? En todo caso, ¿a qué costo? Buena parte del bloque del PRO —que el oficialismo contaba con digerir sin mayores contratiempos— le pasó factura con ausencias, abstenciones y votos positivos para la propuesta opositora.

El Gobierno comienza a tropezar con límites para sostener su decisionismo, que solo ha podido practicarse merced al apuntalamiento de los gobernadores comprensivos y de una porción moderada de la oposición legislativa. Muy probablemente tendrá que modificar algunos de los criterios que incomodan a los jefes provinciales.

Esta semana, en una charla que ofreció en la Universidad de Morón (provincia de Buenos Aires), el exgobernador de Córdoba, Juan Schiaretti —alineado políticamente con el bloque moderado de gobernadores y legisladores— dibujó con claridad los límites que puede esperar el Gobierno en el próximo período. Después de afirmar que no se puede lograr el equilibrio fiscal "a hachazos", el líder cordobesista señaló: “No es sostenible un modelo que reduce las jubilaciones, que desfinancia las universidades, que se desentiende de la salud, de las personas con discapacidad, de la ciencia y de la tecnología. El Estado no puede abandonar esas responsabilidades”.

No se trata allí de una crítica al objetivo del superávit fiscal, sino de la demarcación de ciertas normas básicas para alcanzarlo. Este tema seguramente formará parte del debate político en este año electoral, que culminará en octubre pero ya está en marcha.

Golpear juntos, marchar separados

Las fuerzas de la oposición —convencionalmente llamadas así— están dispersas o, en el caso del peronismo, atrapadas en sus propias dificultades: no logra estructurarse sin aceptar la hegemonía cristinista. Es decir, coquetea con el riesgo de la derrota y, peor aún, de la irrelevancia.

Algunas medidas y los eventuales vetos de Milei son palancas que permiten a la oposición unirse de forma puntual y golpear junta, aunque siga marchando separada. Buena parte del segmento no peronista (o antiperonista) prefiere no mostrar unidad con el peronismo mientras este continúe dominado por el kirchnerismo. Sin embargo, han comenzado a adaptarse al hecho de que la situación dominante del bloque peronista en el Senado convierte en indispensable una política de acuerdos puntuales si quieren independizarse de las presiones del Poder Ejecutivo.

En el justicialismo y en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof —sensible tanto a la fuerza de la legión K como a las reacciones negativas que suscita— intenta diferenciarse de la matriz kirchnerista de la que emergió. El peso o las maniobras de “los soldados de Cristina” (La Cámpora) constituyen obstáculos para su búsqueda de autonomía.

Esa puja entusiasma a la Casa Rosada, que ya paladea anticipadamente una fractura y una victoria propia en la mayoría de las secciones electorales.

La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció que será candidata a diputada provincial por la Tercera Sección Electoral, a priori la más peronista de las secciones bonaerenses, y la más numerosa: supera en población a la mayoría de las provincias argentinas.

Aunque el kirchnerismo, históricamente, ha perdido la mayoría de las elecciones de medio término en la provincia, la señora se aseguró un lugar donde es más que improbable que el peronismo sea derrotado. Tras batir un récord de audiencia con su presentación televisiva de la última semana —superó los ocho puntos en un canal de cable, imponiéndose en su franja horaria sobre todos los canales de aire y cable—, la expresidenta se ilusiona con convertirse, con una gran performance en su sección, en la salvadora electoral de su fuerza política. Sería un verdadero milagro.

La tirantez que se suscitó entre ella y el gobernador tal vez se alivie ahora, cuando ambos deben optar entre el riesgo de una derrota y la esperanza en un prodigio.



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