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  • Una amenaza en las sociedades modernas
  • El fascismo no es un capítulo cerrado, como muchos pensadores de la posguerra pensaban, es un fenómeno político y social complejo actual que desafía los avatares del tiempo.
José de Guardia de Ponté
José de Guardia de Ponté

Surgido en las cenizas de la Primera Guerra Mundial, este movimiento transformó radicalmente la relación entre el individuo, la sociedad y el Estado.


El presente artículo se propone analizar críticamente el fascismo, no solo como un régimen histórico, sino como una estructura ideológica y psicológica que persiste bajo diversas formas en la contemporaneidad.

Uno de los mayores retos al abordar el fascismo es su falta de una arquitectura filosófica coherente, a diferencia del marxismo o el liberalismo. Como señaló Umberto Eco en su ensayo sobre el Ur-Fascismo o "fascismo eterno", el fascismo fue un "totalitarismo difuso", una amalgama de contradicciones que, sin embargo, compartían un núcleo de características reconocibles.

Algunos afirman que fue un experimento político de la Iglesia para implementar la “Doctrina Social” combatiendo al comunismo (su gran enemigo). Lo que justificaría su alianza con Mussolini. Que luego terminó siendo el mismo Frankenstein.

El fascismo tiene cuestiones de la izquierda y de la derecha en su propio seno ideológico. Y según donde se desarrolle puede funcionar como colonia o como imperio. De todas formas podemos apreciar características esenciales como la construcción del "otro" como una amenaza a la unidad nacional, alimentando el racismo y la xenofobia con movilización de las masas a través del miedo a esos enemigos internos y externos invisibles.

Además, y como es de entender, el desprecio por el pensamiento crítico, cualquier tipo de oposición, generación de discursos de odio y la exaltación de la violencia por la acción misma.

Esta estructura permite que el fascismo se adapte a diferentes contextos. No necesita de un dictador con uniforme para existir; puede manifestarse en el lenguaje, en la simplificación del discurso político y en la erosión de las instituciones democráticas.

Desde una óptica filosófica y política, Hannah Arendt analizó cómo los movimientos totalitarios, incluido el fascismo en sus etapas más radicales, buscan la destrucción de la "esfera pública". Para Arendt, la política es el espacio donde los individuos actúan en libertad y pluralidad. El fascismo sustituye esta pluralidad por una masa atomizada y despojada de su capacidad de juicio, unida únicamente por la lealtad ciega a un líder carismático. Nos dice: "El fascismo no se conforma con el dominio despótico; busca destruir la espontaneidad humana y reducir a los hombres a un estado de piezas intercambiables en una maquinaria estatal como si fuera una empresa".

La crítica de Arendt subraya que el fascismo no es solo una forma extrema de autoritarismo, sino una patología de la modernidad que surge cuando los ciudadanos se sienten aislados y pierden su sentido de pertenencia a una comunidad política real.

Económicamente, el fascismo se presentó como una alternativa tanto al capitalismo liberal como al socialismo marxista, bajo el concepto de corporativismo. Sin embargo, un análisis crítico revela que esta "tercera vía" fue en gran medida un mito ideológico destinado a estabilizar el sistema capitalista en crisis.

En la actualidad se han formado verdaderos feudos tecnológicos con un poder muy superior a los estados nacionales. Cada uno de estos feudos posee un PBI comparable a cualquier país con la implicancia que no debe responder por sus acciones a nadie.

Estas corporaciones supra y multinacionales son mucho más que una corporación, sus diversas ramificaciones ocupan todas las áreas. Manejan a países y sus mandatarios, combaten a los sindicatos independientes y sus derechos a la huelga, subordinando los intereses de los trabajadores a los del Estado y las élites industriales.

El neofascismo acorde con el neoliberalismo tiene por método la autarquía y el intervencionismo sea estatal y/o empresarial en contra del bienestar social, su herramienta fundamental es la expansión imperialista. El crecimiento económico en el neofascismo está ligado al rearmamento y la movilización militar.

A contra facto de los grandilocuentes slogans de “Viva la libertad” las masas se entregan a un sistema que restringe sus libertades. Autores como Wilhelm Reich y Erich Fromm exploraron las raíces psicológicas del fascismo. Reich, en su obra Psicología de masas del fascismo, argumentó que la estructura autoritaria de la familia patriarcal y la represión de los impulsos vitales crean individuos predispuestos a la obediencia y al culto al líder. Por su parte, Fromm describió el "miedo a la libertad". En tiempos de incertidumbre económica y social, el individuo puede sentir que la libertad es una carga insoportable y buscar refugio en la sumisión a una autoridad poderosa que le proporcione seguridad y un sentido de identidad colectiva, aunque sea a costa de su autonomía.

El neo-fascismo no es un accidente histórico, menos un retroceso, sino una posibilidad latente en las sociedades modernas. Su capacidad para explotar el resentimiento social, simplificar problemas complejos y señalar chivos expiatorios lo convierte en una amenaza persistente. La crítica al neofascismo no debe limitarse a la condena de sus crímenes pasados, sino que debe ser una herramienta activa para identificar sus rasgos en el presente: el desprecio por la verdad, la deshumanización del adversario y la erosión de la empatía.

La verdadera defensa contra el fascismo no reside solo en las leyes, sino en la fortaleza de una cultura política que valore la pluralidad, el pensamiento crítico y la dignidad inalienable de cada ser humano.

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