En este caso, por lo menos, el argumento del «lenguaje inclusivo» no ha dado el más mínimo resultado, pues la exaltación de «las infancias» no se ha traducido en un mayor bienestar de los y las menores de edad, ni en progresos relacionados con sus legítimas aspiraciones de justicia.
El caso es que al haberse decantado el gobierno por el uso del plural («las infancias»), tal parece que en el día de la fiesta debe honrarse tanto a «los niños» como al periodo inicial de la vida.
La modificación del nombre de la celebración ha sido innecesaria, puesto que la palabra «niño» jamás ha sido contemplada como discriminatoria o excluyente. En su momento, el gobierno argentino dijo para justificarse que «la diversidad de las infancias» se encuentra atravesada en nuestro país «por cuestiones de géneros, discapacidad, lingüísticas, regionales, entre otras; y desde una perspectiva de derechos humanos».
Pero lo mismo sucede, por ejemplo, con los veteranos de la guerra de las Islas Malvinas, con los padres, con las madres, o con los bomberos voluntarios, que son colectivos más o menos difusos que también tienen su día en el calendario.
Si se siguiera el mismo criterio de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia del gobierno federal argentino, el Día de la Madre debería ser sustituido por el Día de las Maternidades, el del padre por el Día de las Paternidades y el del bombero voluntario por el Día de las Mangueras, expresiones con las que se intenta (por supuesto, sin éxito) gambetear las diferencias de género, de habilidad, de lengua, de lugar de residencia y de distinto nivel de disfrute de los Derechos Humanos.
Niño es una palabra tan bonita y tan poco preparada para la discriminación o el uso discriminatorio, que la Organización de las Naciones Unidas, en noviembre de 1989, resolvió llamar a la convención que consagra sus derechos a nivel universal con el nombre, sencillo pero descriptivo, de «Convención sobre Derechos del Niño». En más de treinta años de vigencia de este importantísimo instrumento internacional nunca se ha propuesto cambiar el nombre original por el de «Convención sobre Derechos de las Infancias».
La palabra «infancia», por el contrario, tiene connotaciones negativas en su origen etimológico, pues deriva del latín infans, palabra con la que en la antigüedad se llamaba «al que no habla». En otros términos, que la palabra infancia equivalía en sus orígenes a la «incapacidad de hablar» (los infacundos, las infacundas).
Por el bien del lenguaje, y, sobre todo, por el bien de los niños, deberíamos volver a celebrar el Día del Niño, sin complejos absurdos, como lo hacíamos antes. Aunque solo fuera para reconocer, como sociedad, que es en el mundo de los niños en el que somos más iguales que en cualquier otra etapa o circunstancia de la vida.
Y dejar que la raíz «infans» impregne a otras realidades como la infantería (los soldados de a pie) o los infantes (hijos de los reyes y príncipes). Nuestros niños seguirán siendo niños, aunque muchos de ellos no lleguen a ser infantes.


