Si diéramos por válidas y razonables las comparaciones entre el régimen nazi de Alemania y la dictadura argentina de 1976 a 1983, podríamos a llegar a imaginar algo impensable: Que en la Europa de mediados de los años 80 del siglo pasado hubiera personas que públicamente (esto es, en los diarios) aplaudieran con entusiasmo la persecución y el exterminio de judíos, gitanos y homosexuales por parte de los nazis, y ofrecieran a sus semejantes una explicación «democrática» de tales aberraciones.
Desde luego, cada quien puede pensar lo que quiera sobre la historia y sus protagonistas, pero a condición de asumir valientemente las consecuencias morales de su opinión. Solo faltaría que una cosa como esa no pudiera hacerse en democracia.
Pero así como es muy malo que desde una parcialidad se intente imponer una interpretación determinada de la historia, peor aún es que el discurso institucional vaya por un lado y los sentimientos que habitan en el corazón de las personas vayan por otro.
Ninguna democracia funciona adecuadamente cuando la condena a los hechos del pasado es simplemente una fachada, una forma acartonada de expresar lo «políticamente correcto».
Por ello, deberíamos agradecer todos al señor Lona que haya contribuido -probablemente de forma involuntaria- a que afloren estos sentimientos tan fuertes, pues, a buen seguro, su degustación nos va a permitir obtener un retrato más fiel de la sociedad en la que vivimos. No todos son fervorosos defensores de los derechos humanos como se dicen; no todos condenan a los mismos ni por los mismos motivos. En nuestra sociedad conviven las víctimas con los verdugos y hay que agradecer que no se maten como antaño, a pesar de que tengamos que lamentar que aquella convivencia sea hoy más traumática y dolorosa que nunca.
Preocupa también el hecho de que nuestro espíritu crítico (por llamarlo de algún modo) se haya detenido en la execración perpetua de los años de la dictadura militar y que no haya una evaluación serena y objetiva de lo que se podría llamar la villanía democrática. Si en solo siete años los militares y sus aliados civiles cometieron atrocidades de todos los colores, ¿a quién se le ocurre pensar que en los cuarenta años subsiguientes todos se han comportado como ciudadanos ejemplares?
La sociedad salteña daría un gigantesco paso hacia adelante en el camino de la recuperación de su decencia si se aviniera, no ya a enterrar el pasado dictatorial (que se ve muy difícil), sino a sacar los cadáveres cívicos que permanecen ocultos en el ropero de los villanos democráticos. Porque de haberlos, haylos.
Los villanos democráticos son herederos legitimarios de aquellos que arrebataron las libertades a sus compatriotas y que convirtieron el orden constitucional, que hoy consideramos poco menos que sagrado, en un juguete despreciable. Ellos, los tiranos, los autócratas y los liberticidas, no han desaparecido con la extinción de los dictadores, ni con sus juicios, sus condenas o sus muertes. Siguen entre nosotros y su lozanía es envidiable, como lo demuestra el obituario de hace algunos días.
Muchos de ellos han elegido al peronismo para manifestar y practicar con dedicación sus pulsiones antidemocráticas. Se aprovechan del hecho de que el viejo y crujiente movimiento creado por Perón en 1945, en su perenne batalla contra la razón, jamás pudo metabolizar la lógica de la democracia liberal, aquella que cree firmemente en las libertades del ciudadano y las coloca por encima de la libertad del Estado para hacer con aquellos lo que les dé la gana.
Decir que el peronismo se ha convertido en una cueva de dictadores es un poco exagerado, pero sostener que el peronismo ha brindado cobijo seguro y efectivo a quienes hasta solo algunos años atrás lo combatían con maternal ferocidad, es una verdad tan grande como que en Salta, a pesar de los discursos y los «repudios» con la boca pequeña, existe todavía una extendida capa de ciudadanos que glorifica el pasado más oscuro y que no duda en hacer públicos, en los diarios, sentimientos que ofenden a sus semejantes.
Sin dudas, la libertad de pensar y de sentir debe ser respetada hasta en la más absurda de sus manifestaciones; pero tampoco se puede dudar de que cuarenta años de democracia nominal no han sido suficientes, y que cuarenta años de votaciones y de líderes de cartón piedra no han alcanzado, ni alcanzarán para derrotar a quienes aún piensan -como en el 76- que la libertad de los individuos y su intrínseca dignidad son los principales objetivos a batir.
