Cuando algo como esto ha sucedido en Salta (2007-2019), hemos comenzado a percibir —no solo yo, por supuesto— un acelerado deterioro de la calidad de las instituciones y una pérdida sustantiva de eficacia de los procesos políticos, en general, y gubernamentales, en particular.
De la vulgaridad en la comunicación se ha pasado a la agresión verbal sin límites. En realidad, se trata de un salto muy pequeño, pues quien previamente ha hecho concesiones a la vulgaridad y ha rebajado conscientemente la calidad de su discurso, no tiene que andar gran cosa para empezar a calificar a sus adversarios con los adjetivos más groseros y soeces.
Lo malo de todo este asunto es que los más zafios, los más «chicaneros», ganan las elecciones, aunque luego gobiernen peor y destruyan lo poco de presentable que aún le queda a nuestras instituciones.
Hasta hace poco, la falta de estilo y el lenguaje barriobajero eran recursos empleados alternativamente por uno u otro de los extremos ideológicos, pero rara vez eran utilizados por ambos al mismo tiempo.
Ahora la cosa parece haber cambiado. El lenguaje escatológico y directo del presidente Donald Trump ya tiene su eco (retardado) en las filas demócratas, que solo hasta ayer se mostraban sorprendidas y hasta disgustadas por las discutibles formas del Presidente y por la cantidad de malas palabras que adornan su discurso.
Por ejemplo, el gobernador demócrata de California y antiguo alcalde de San Francisco, Gavin Christopher Newsom, ha publicado recientemente en su cuenta personal de X una finura como esta: “Trump es un pedazo de mierda”.
Dice el diario El País que «esta podría ser la muestra más clara de hasta dónde piensan llegar Gavin Newsom y otros demócratas para arrebatarle el control de la narrativa al inquilino de la Casa Blanca».
¿Quién en estos momentos no piensa que el naufragio de las conversaciones de Islamabad entre Irán y los Estados Unidos se debe, en gran medida, a la pésima educación de Donald Trump? El insulto es, sin dudas, uno de los precursores más seguros de la guerra.
En la Argentina, como todos sabemos, el presidente Javier Milei no se corta un pelo a la hora de calificar, con los términos más duros y más coloquiales, a sus adversarios políticos. Lo llamativo es que la dureza del discurso y el volumen de los calificativos se incrementan a medida que la situación política se complica y el gobierno enfrenta mayores dificultades. Da la impresión de que, en vez de moderar su discurso y aligerarlo de insultos, el Presidente ha decidido que atacar a sus adversarios es la forma más rentable de enfrentar las dificultades.
Felizmente, hasta ahora en la Argentina la oposición al Presidente —aturdida por sus niveles de popularidad— no se ha decidido a emplear las mismas armas, si bien, con sus actitudes despreciativas y poco propensas al diálogo y la cooperación, está contribuyendo a que las instituciones —ya degradadas por el lenguaje vulgar— se degraden todavía más. Un buen ejemplo de esta degradación casi terminal son los partidos políticos y la representación parlamentaria, que se han convertido en «aguantaderos» al servicio de gente que piensa más en sí misma que en la marcha del país.
El paso siguiente es que entre las filas opositoras a Milei surja un Gavin Newsom que devuelva al Presidente alguna de sus gentilezas verbales, pero multiplicadas por diez. Como que la reacción opositora les lleve a ganar alguna elección, es casi seguro que entraremos en un loop interminable de insultos y contrainsultos y que nadie será capaz de saber de lo que es capaz el otro para conquistar el poder o retenerlo.
La degradación del lenguaje de la discrepancia democrática no es, por supuesto, irreversible. Soy de la opinión de que, aunque coyunturalmente la gente prefiera votar a los «bocazas» de turno, llegará un momento en que la vulgaridad dejará de ser un activo político. Ello sucederá indefectiblemente cuando el soberano se dé cuenta de que las instituciones han dejado de servir para lo que servían, a causa fundamentalmente de la pérdida de seriedad y de formalidad de sus transitorios ocupantes.
Puede que pase bastante tiempo para que esto suceda; pero no sería nada precipitado comenzar a señalar con el dedo no solo a aquellos que tienen un inodoro en la boca sino también a los que están convencidos de que el «torpe aliño indumentario» (el vestir como un ciruja) es una cualidad «republicana» y una seña de «austeridad», cuando para la mayoría de la gente es sinónimo de alergia a la ducha.
El buen hablar y el buen vestir (que a menudo están asociados) no son elementos meramente estéticos o de vanidad, sino herramientas estratégicas fundamentales de comunicación no verbal y verbal, que buscan generar confianza, credibilidad y liderazgo.
Para empezar a poner en marcha algo como esto, propongo que en vez de evaluar a nuestros legisladores por los minutos que hablan en el recinto o por la cantidad de proyectos que presentan, y a los políticos en general, se los califique en orden decreciente por la cantidad de palabras diferentes que utilizan en sus discursos o en sus proyectos, que es un indicador fiable de su nivel cultural y de su capacidad política.
¡Ah! Y hay que obligarlos a que se expresen de viva voz, sin teleprompters, sin apuntadores electrónicos, sin chroma-key, sin inteligencia artificial, sin trucos dialécticos ni golpes bajos emocionales. De este modo, solo tendrán una alternativa: insultar o hacer aflorar el verdadero nivel de su inteligencia.
