En el mundo, los movimientos políticos surgidos en el siglo XX al calor del tirón popular de un líder carismático se han ido extinguiendo progresivamente, al compás de la evolución de los tiempos y la evolución del pensamiento. Algunos ni siquiera llegaron a nacer. Pero el caso del peronismo es completamente diferente.
Bien es verdad que el gaullismo en Francia no se extinguió con la muerte de Charles de Gaulle (1970), pero sus seguidores contemporáneos no son ni la sombra de lo que fueron aquellos que llevaron al general a los cielos (y la grandeur a Francia) en la década de los 50 y 60 del siglo pasado.
A pesar de ser el único presidente estadounidense que ejerció su cargo durante tres periodos diferentes, Franklin Delano Roosevelt ni siquiera llegó a ver el nacimiento de un movimiento personalista que exaltara su figura y la colocara nítidamente por encima de otros.
El caso de Perón y de Eva Perón —que llevan muertos 52 y 73 años, respectivamente— es digno de ser estudiado al más alto nivel; pero no por los sociológos, sino, mejor, por los psicólogos sociales o por sofisticados sistemas de inteligencia artificial basados en ordenadores cuánticos.
Sin aventurar conclusiones que no están a mi alcance, diría que buena parte de esta asombrosa vitalidad del movimiento fundado por Juan Domingo Perón hace ya 80 años, se debe, en gran medida, a los límites difusos de su ideario y a la facilidad con que unos y otras pueden dejar de ser peronistas y volver a serlo, sin haber dejado de pertenecer nunca a la grey.
El peronismo no solo es flexible, porque se adapta con gran velocidad a los cambios políticos, sociales y económicos, sino también porque sus simpatizantes o militantes nunca dejan de ser peronistas, sea cual sea el partido, bloque parlamentario o corriente sindical a la que pertenezcan en un momento determinado.
Diría más: El elemento humano del movimiento peronista se adapta más rápidamente a los cambios sociales profundos que lo que puede hacerlo el «peronismo orgánico», que puede dar algunas vueltas, pero que siempre termina ajustando su comportamiento a las exigencias del contexto.
Por eso, cuando escucho hablar de «traición al peronismo», me entran unas ganas irrefrenables de reír. En el peronismo no existe la traición. Como una mancha de nacimiento o un pecado original, el peronismo permanece adherido a las personas y no las abandonan hasta su muerte (la de las personas, claro).
Un peronista «originario» (que prácticamente son todos) puede, si así lo desea, darse un paseo por todo el espectro ideológico, que siempre visitará los otros paisajes con lo que yo llamo «la reserva mental peronista».
Pero es que no hay ningún mérito en conservar la militancia en el partido durante toda una vida. Si es el partido el que cambia cuando se le antoja, jurarle fidelidad no tiene ningún valor. Es como vivir en un barco a la deriva en el mar y pretender que uno no se ha movido nunca.
Ya puedo ser comunista, kirchnerista, macrista, libertario, conservador a la vieja usanza, o incluso anarcocapitalista, que siempre que fiche por algunas de estas opciones, por detrás de la espalda, tendré los dedos cruzados para indicar que, así llueva o truene, seguiré siendo peronista y nadie me podrá pedir cuentas de mis aventuras fuera del movimiento. Cuando un peronista abandona el partido, jamás es para siempre. De hecho, más de uno se va cantando aquella parte de la canción «Un beso y una flor» de Nino Bravo que dice: «Me voy, pero te juro que mañana volveré».
Podría poner muchísimos ejemplos de esta amplísima flexibilidad, pero me voy a centrar en los tres últimos gobernadores de Salta que han entrado y salido del Partido Justicialista las veces que les ha convenido, que han vuelto como si nada pasara, y que han convertido a la «traición» en un concepto moral vacío de contenido.
Juan Manuel Urtubey salió del PJ para enfrentar a Juan Carlos Romero en 2007; este, a su vez, se fue del partido para enfrentar a Urtubey en 2015. Gustavo Sáenz hizo tres cuartos de lo mismo, con el digno atenuante de que todavía sigue fuera, mientras Urtubey —el fugadito de 2007— maneja las riendas, y la caja, de un partido que no tiene ni para pagar la luz, pero que en cualquier momento Uluncha Saravia le hace un plan de pago a medida para que terminen de pagarla en 2064.
El argumento de que el peronismo «pertenece al pueblo» no funciona en Salta. Nunca funcionó y me temo que nunca funcionará. El peronismo salteño no es «popular» sino marcadamente elitista. Alguien lo tiene que decir.
En realidad el peronismo pertenece a la historia, y si me apuran, diría que a un museo de excentricidades sociales. Es allí, a mi modesto entender, donde debería quedarse.