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  • Hacia un nuevo equilibrio
  • «Orden» es una palabra polisémica; probablemente sea uno de los ejemplos más notables de ese fenómeno del lenguaje que se produce cuando un mismo vocablo tiene distintas acepciones y todas ellas tienen, entre sí, una cierta relación.
Greta Thunberg - Donald Trump
Greta Thunberg - Donald Trump

La palabra tiene origen en el latín ordo, ordĭnis, que sirve para designar a una organización basada en uno o varios criterios lógicos. De hecho, las dos primeras acepciones del DRAE para la palabra «orden» son «colocación de las cosas en el lugar que les corresponde» y «concierto, buena disposición de las cosas entre sí». Por ese «orden».



Curiosamente, la palabra latina mundus, en su significado original, designaba a todo aquello que era ordenado y limpio. Es decir, casi todo lo contrario al mundo que hoy conocemos.

Yo soy seguramente de los pocos que piensan que, en materia de relaciones internacionales, no existe un «orden» (en el sentido más prístino del termino), como tampoco existe una actividad humana o una disciplina científica con el nombre de «geopolítica».

Esto último es mucho más fácil de explicar. Para mí, todo es política; incluida aquella que está condicionada por los factores geográficos. No entiendo que se hable de geopolítica (y que se la presente como una actividad sumamente complicada, al alcance de solo unos pocos) en relación con Taiwan, el Donbás o Groenlandia, y que se llame «política», a secas y con minúsculas, cuando el intendente municipal del pueblo más pequeño tiene que tomar decisiones urgentes por la crecida de un río que pasa cerca de las casas, tiene conflictos de límites con sus vecinos, o cuando se le derrumba un cerro sobre la carretera.

Cualquiera que asome a los problemas y los conflictos entre naciones puede darse cuenta de que en la arena internacional lo que hay es caos, no orden.

Lo que hoy llamamos «nuevo orden» no es sino la pérdida de un equilibrio anterior; muy inestable, pero que —por conocido— nos era de algún modo familiar y, por ello mismo, previsible y controlable.

Ahora hemos entrado en una fase de desequilibrio, que probablemente —esto es, si una guerra a gran escala no se interpone en el camino— terminará también siendo para la mayoría, familiar, previsible y controlable.

Todos deberíamos preguntarnos entonces si el equilibrio anterior (que no el «orden») era bueno y deseable; porque tengo la impresión de que a muchos no terminaba de convencerles. Ahora que está cambiando, los mismos críticos del equilibrio pasado parecen decir aquello de «Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy».

Los desequilibrios en materia de relaciones internacionales se producen cuando una potencia excede en fuerza, en talento o en riqueza a las demás y no hay ninguna que pueda hacerle frente. El mundo multipolar, el desdeñoso del unilateralismo, el de las soluciones previamente deliberadas entre muchos, solo es posible cuando a la fuerza de uno se opone una fuerza, aproximadamente similar, de otro.

Desde 1945 en adelante, la paz se ha edificado en base al miedo. No han sido la democracia, los derechos humanos o el Estado del Bienestar los que han traído la paz entre los pueblos. Ha sido el miedo lo que ha hecho que unos países respeten a otros y cooperen con ellos, antes que hacerles la guerra.

Pero, con el tiempo, el miedo recíproco se ha ido relajando, por muchos motivos. Entre ellos, el que yo considero más importante: la globalización de la información, que nos ha permitido conocer mejor a las naciones que durante la Guerra Fría considerábamos oscuras e incomprensibles.

Es curioso, porque hacia el interior de los países el miedo contribuye a erigir o a mantener a los regímenes totalitarios, mientras que en el campo internacional el miedo ayuda a preservar los valores de la convivencia.

Pero con la desaparición o el retroceso del miedo han comenzado a prevalecer las visiones pesimistas sobre el futuro de la humanidad.

Y es aquí donde los Estados Unidos, bajo la suela de Donald Trump, han dicho: «Que el mundo se vaya al garete, que nosotros salvaremos a los Estados Unidos». Lo peor no es esto, sino que muchos de los otros creen que la humanidad se puede salvar sin los Estados Unidos de América, lo cual es imposible.

Así como la globalización de la información nos ha permitido desmitificar a ciertos demonios, también ha hecho aflorar cada vez más «particularidades» nacionales, que reclaman, cómo no, su «visibilidad». Pero así como la visibilidad individual se soluciona con una buena estrategia en las redes sociales, la visibilidad nacional solo se consigue a base de soberbia y desplantes bélicos. No hay otra forma.

Pero la humanidad es una sola. Donald Trump y Greta Thunberg comparten el 99,98% de su ADN. El destino del ser humano sobre el planeta es único. Las «particularidades nacionales», por más que se pongan en un cuadro, no conseguirán salvar a unos y condenar a otros.

La uniformidad, sea nacional o internacional, no asegura la perpetuación de la especie. Por eso, en cierto modo, es preferible el caos al orden.

Pero en materia internacional, el caos puede facilitar el equilibrio que se necesita para que no desaparezcamos de la faz de la Tierra mucho antes de que llegue nuestro momento.



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