Yo pienso que todavía es muy pronto —solo han pasado dos días desde que se produjeron los acontecimientos— para hacer valoraciones tajantes, pronunciar condenas hacia uno o hacia otros, y para hacer pronósticos definitivos sobre la soberanía de los países de la región.
Creo no equivocarme si digo que a tres cuartas partes de la humanidad le ha provocado una intensa alegría la captura de Nicolás Maduro.
De esas tres cuartas partes, al menos la mitad piensa que el héroe que propició la captura es Donald Trump; mientras que la mitad restante no cree ni en los métodos ni en los modales de un presidente estadounidense que se comporta como un auténtico bully internacional.
Pero si tuviera que dirigir la mirada a ese cuarto que está bramando contra el antiimperialismo y enarbolando el principio de no injerencia (que Maduro no ha respetado, por lo menos en el caso de la Argentina), diría que me llama mucho la atención que este combate ideológico se libre llevando como bandera la noble causa de los derechos humanos.
Desde luego que tales derechos amparan a personajes abyectos como Maduro. De eso no tengo dudas. El problema, a mi modo de ver, es que quienes se dejan las yemas de los dedos tuiteando desde sus casas a favor de Maduro y en contra de Trump no están haciendo el más mínimo esfuerzo por convocar al respeto de los derechos humanos de las millones de personas aplastadas, encarceladas sin juicio, perseguidas y sojuzgadas (en Venezuela, en Cuba, en Nicaragua o en Irán) por dictadores muy parecidos a Maduro. ¿Es que solo los dictadores tienen derechos humanos?
Quiero decir que el discurso del antiimperialismo es muy bonito y conmovedor; que mucha gente se siente atrapada por él y lo difunde —con inusitado entusiasmo— en unas redes que no están sujetas a ningún derecho internacional y que son, por largas distancias, mucho más imperialistas y peligrosas que cien clones de Trump.
Pero dejando a un lado las contradicciones, creo que es menester advertir que si el precio que deben pagar nuestros pueblos para no ser (o no sentirse) «patio trasero» de los Estados Unidos de América es perder la libertad a manos de un dictador que, además de sanguinario es corrupto, creo que ese precio es inasumible.
Pienso también que antes de salir a tuitear a favor de Maduro, de reclamar en las calles su derrocamiento o de llorar sobre la leche derramada del viejo derecho internacional, muchos deberían acordarse de que la Comisión Interamericana, la OEA y varias instancias de las Naciones Unidas llevan años denunciando la sistemática violación del derecho internacional de los derechos humanos por parte del régimen venezolano. Y esto, si me lo permiten, no es imperialismo: Es el mismo orden jurídico internacional en el que hoy se amparan los defensores de Maduro.
Si poco antes de su captura, Maduro puso en libertad a unos ochenta presos políticos (a los que liberó pensando que iba a aplacar un poco la ira de Trump), es porque en Venezuela todavía hay seres humanos encarcelados injustamente por motivos políticos, que no disfrutan de ningún derecho. No podemos olvidarnos de ellos.
Como tampoco debemos olvidar —y recordárselo a aquellos que piden la liberación de Maduro, la reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU, o incluso su restitución en el poder, con argumentos jurídicos— que ellos mismos aplaudieron cuando Edmundo González Urrutia, legítimo ganador de unas elecciones presidenciales, fue robado y deportado.
Lo que hay que lamentar ahora, pues, no es que el orden jurídico internacional haya sido puesto patas para arriba (porque desde la guerra de Irak y la captura y ejecución de Sadam Husein la ONU está medio dibujada), ni que al viejo derecho de gentes le hayan salido unas sorprendentes viudas, sino que Trump esté cegado por el petróleo y no tenga la más mínima intención de restaurar las libertades fundamentales en Venezuela.
El día en que el argumento moral ponga a los derechos humanos de millones de personas anónimas por delante de los derechos humanos de los dictadores, me convencerán. Mientras tanto, me permito desconfiar de quienes sostienen el argumento inverso.
Habrá que ver si el régimen parcialmente derrocado en Venezuela tiene la flexibilidad suficiente como para convertir a una feroz «combatienta», como Delcy Rodríguez, en obediente «cachorra del imperio».
