La mayoría eran maestras que pretendían revolucionar la educación infantil, o quizá hacerse un hueco en el presupuesto, a despecho de lo que dijera la Junta de Calificación y Disciplina.
Curiosamente, también había abogados relacionados con la inversión y la especulación inmobiliaria que pretendían avanzar con desarrollos fastuosos en lugares inhóspitos.
Correría el año 1995 cuando uno de estos picapleitos devenido en empresario me citó en su oficina de la calle Mitre para «contarme» un interesante proyecto que tenía para la puna salteña. En realidad quería utilizar mi inexistente influencia en el gobierno de entonces para que su fantasía privada terminara convirtiéndose en un emprendimiento público, pagado no por él sino por todos los ciudadanos con sus impuestos.
Antes de asistir a la reunión, tomé la precaución de hacerme acompañar por una persona sensata que por aquel entonces administraba una importante urbanización privada y que entendía bastante del tema de nuevos proyectos inmobiliarios.
Recuerdo que aquella reunión se desarrolló sin planos, sin Power Point, sin estudios de impacto ambiental, sin prácticamente nada. Parapetado detrás de su escritorio, el autor de la idea la resumió —bien es verdad que magistralmente— en solo dos minutos.
Se trataba de construir un fastuoso edificio en Olacapato, Departamento de Los Andes, una localidad situada a más de 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar, en medio de la nada misma. El edificio, en vez de albergar una escuela, un hospital o una instalación deportiva, estaba destinado a ser un moderno prostíbulo con casino para que allí fuesen a perder su dinero (en la ruleta rusa maría) los jubilados de Salta capital, a los que, por alguna razón, el autor de aquel descabellado proyecto consideraba no solo adinerados sino también lujuriosos.
Ni mi acompañante ni yo dábamos crédito a lo que estábamos escuchando, a pesar de que el expositor ponía todo de su parte para que aquello no sonara a broma de mal gusto. Su cerrada convicción daba a entender, sin ningún tipo de esfuerzo, de que estaba perfectamente seguro de la alta rentabilidad del prosti-casino de las nubes y, por tanto, de un rápido retorno de la inversión. «En dos meses empiezan las ganancias», nos dijo.
No sin antes decirle a nuestro anfitrión lo «interesante» que nos había parecido su idea, nos retiramos del lugar, procurando no murmurar hasta llegar por lo menos a la esquina de la calle Güemes.
Fue en este punto justamente donde mi acompañante y yo nos detuvimos a degustar unos imperiales de ternera y lechuga. Mientras mordíamos aquellos jugosos sándwiches, no pudimos evitar comentar aquella locura que acabábamos de escuchar de boca de un respetado profesional.
«¿Te imaginás a un jubilado haciendo apasionadamente el amor con una chica a 4.000 metros sobre el nivel del mar, donde apenas si hay oxígeno?» «¡Quién se va a hacer un viaje de cuatro horas y media por un peligroso camino de montaña, con el riesgo de sufrir un ataque cardiaco, si puede encontrar lo mismo que busca en el Parque San Martín!».
Por supuesto, el sueño de convertir a Olacapato en Las Vegas nunca se hizo realidad. Los lugareños parecen hoy felizmente más decididos a vivir de las escasas rentas que les deja la minería del litio (porque la parte del león se la llevan otros), que a hacerse millonarios con el juego adictivo y la prostitución (igualmente adictiva y potencialmente delictiva).
El naufragio de la faraónica idea no solo benfició al pueblo de Olacapato, que silenciosamente ratificó su indómita y ancestral decencia hacia el Oeste del Viaducto de La Polvorilla, sino que salvó a muchas trabajadoras del sexo de ser vilmente explotadas en las alturas, y a los jubilados salteños de una muerte casi segura por hipoxia.