Desde luego, no reniego contra las medidas que tienden a enjugar el déficit de igualdad material, pero es que de estas hay muy pocas. No conozco casi ninguna.
Me preocupa que lo que se esté intentando hacer es «asignar a los indígenas a sus orígenes», impidiéndoles por medios perversos, por una sutil retórica populista, acceder a los beneficios igualadores de la ciudadanía. O, lo que es lo mismo, reniego de las políticas diseñadas para aislarlos, señalarlos e impedir su plena integración a través de la diferenciación étnica.
Pero, como he dicho, más que toda esta discriminación embozada, me preocupa el fútbol, porque como alguna vez dijo Albert CAMUS, casi todo lo que sé de moral se lo debo al fútbol.
Al fútbol se juega, pero con el fútbol no se juega. Eso lo tengo claro.
El deporte que amamos es demasiado importante como para mezclarlo con la demagogia, el populismo y especialmente con el racismo.
Si algo hay en esta vida en donde el racismo no debe meter sus garras ese algo es el fútbol: Por eso, entre otros motivos, en el mundo no hay escuelas de fútbol para «judíos», para «gitanos», para «musulmanes», para «nazis», para «bolcheviques», para «homosexuales» o para «veganos». De ningún modo debería haberlas tampoco para «indígenas».
Pero, ya se sabe, cuando hay que sacar los pies del tiesto y mostrar el plumero, Salta es la primera.
A mí personalmente me gustaría saber qué piensan de esta «pedagogía» del gobierno el presidente de la FIFA y Vinícius Junior.
El máximo organismo rector del fútbol a nivel mundial gasta anualmente fortunas en campañas contra el racismo, para que venga un funcionario en Salta y promueva el fútbol entre los wichis creyéndose que llevándoles una pelota y armándoles un par de arcos los está «evangelizando».
Por favor, acabemos con esta discriminación racista, ya no en nombre de la Constitución, sino en el sacrosanto nombre del fútbol. Amén.