Los tres primeros votaron a favor de la ratificación del veto presidencial a la ley de financiamiento de las universidades públicas, pero la tercera no lo hizo. Se ausentó del recinto antes de la votación porque -según ella- se le había «cerrado la garanta» y aire acondicionado del recinto, sumado a la presurización del avión, causó en sus vías respiratorias superiores un estropicio mayor al del huracán Milton.
Entre los daños conocidos del cambio climático a nivel global, hay que sumar ahora que la Provincia de Salta se ha quedado sin una diputada a la hora de una votación clave.
Pero ¿qué habría votado Yolanda si la ferocidad del aire acondicionado no se hubiera atravesado en su vida?
Nadie lo sabe, porque sus compañeros de ruta, los también diputados nacionales Cintia Pamela Calletti y Pablo Ismael Outes, votaron que no al veto presidencial y de este modo no solo salieron -temporalmente- de la lista presidencial de «héroes» (agasajables en Olivos) sino que también lograron eludir esa afrentosa declaración de persona non grata que la UNSa ha dedicado tanto a los libertarios como a la suboxigenada Yolanda.
La exintendenta de Cerrillos por estas horas se pregunta «¿Por qué a mí?», si ella ni siquiera ha dicho «esta boca es mía», como por cierto lo viene haciendo en la cámara baja del Congreso desde que asumió su cargo a finales de 2023.
Lo que sucede, en realidad, es que a pocos pasos del despacho del rector la UNSa hay una pitonisa con bola de cristal reluciente que adivina las opiniones, posturas y votos de los legisladores nacionales antes de que se hubieran emitido. El algoritmo de la bruja decía muy claramente que Yolanda, la reina de la parranda, iba a votar «en contra de la universidad pública».
La declaración de persona non grata es una forma elegante, adaptada de los ritos diplomáticos, que, al cambio, supone colgar a la persona indeseada el mote de «traidor». Zapata, Moreno, Orozco y Vega son, en realidad, «traidores a la universidad pública».
Lo que lleva a preguntarse en qué momento formularon ellos -o cualquiera- un juramento de lealtad a la universidad pública. Porque el haber obtenido alguna vez un diploma en una universidad soportada por el Estado no supone hacerse un tajo en la muñeca y sellar un pacto de sangre con la institución, para toda la vida y en cualquier circunstancia. Hasta donde es posible saber, la universidad libre se dedica a formar ciudadanos y profesionales libres, para que elijan lo que quieran, y no para que hagan durante toda su vida lo que el rector de la universidad decida.
Pero la UNSa es muy suya. Debe de ser una de las pocas instituciones del mundo que hace «paro» porque lo ha decidido el rector (o sea el jefe) y en la que al mismo se pliegan todos (directivos, docentes, alumnos, ordenanzas y jardineros). Eso es conciencia de clase y no tonterías.
Pero las decisiones de nuestra única universidad pública son solamente un 5% académicas y un 95% políticas; o, para mejor decir, ideológicas, incluida esta de la declaración de personas no gratas, que es muy elocuente a la hora de ilustrarnos de que la UNSa practica cualquier cosa menos la tolerancia y el pluralismo, que no solo son pilares básicos de una sociedad democrática, sino también la base de cualquier esfuerzo educativo útil e inclusivo.
Antes de arrojar piedras sobre los «traidores», los salteños deberían ocuparse de los padecimientos respiratorios de Yolanda y procurar que allí donde ella vaya haya un aire acondicionado amable, bien regulado y, a poder ser, delicadamente perfumado con pétalos de rosa bendecidos por el Arzobispo.
Porque es posible que -antes que la UNSa- la exintendenta de Cerrillos hubiera sido declarada persona non grata por los fabricantes chinos de esos mortíferos aparatos frigoríficos split y que ahora las maquinitas se estén cobrando venganza con ella por alguna «traición» anterior.