No se sabe muy bien si su jefe político, el presidente Javier Milei, hizo o no lo suficiente para sostener a «Cepillo» en su cargo, pero en su discurso de despedida, el salteño le echó la culpa de su salida a la «casta».
Ahora también, por lo que se ha visto, no solo hay «casta» dentro de nuestras fronteras sino también fuera de ellas. A Olmedo le debemos, pues, el mérito de haber inaugurado, bien es verdad que a su modo, el concepto sociológico de «castasur».
La tan deseada unidad política y normativa del cono Sur del continente parece empezar a construirse con los peores materiales. No nos ponemos de acuerdo en casi nada para llevar paz y prosperidad a nuestros países, pero cuando se trata de destituir a Olmedo no tenemos demasiadas dudas; lo hacemos con mayorías aplastantes.
Es un tímido avance, pero un avance al fin y al cabo.
Fiel a sus convicciones, «Cepillo» ha asumido su destitución hasta con alegría. Empeñado en ponerle a la desgracia un «positive spin», nuestro dandy agropecuario ha dicho que ahora está más justificado que nunca volver a la política doméstica de Salta: «La destitución de la presidencia es su trampolín para su carrera política en Salta», dice esta mañana un medio de prensa local.
El Mercosur ha hecho sus cálculos: Salta ha enviado a Olmedo a su Parlamento y, para devolvernos el favor, el Parlamento devuelve a Olmedo a Salta, como quien devuelve una mercancía falluta.
Ahora que si nos fijamos bien en su discurso, es muy posible que -en caso de conquistar el poder- Olmedo intente dejar todo en manos del Señor del Milagro, pues él afirma creer «en un Dios soberano». De la soberanía que proclama nuestra Constitución, nada de nada.
No sería de extrañar entonces que en algún momento, «Cepillo» -como antes lo hizo don José María Todd- depositara también el bastón de mando a los pies sangrantes de la doliente Imagen, confundido en un pequeño mar de claveles rojos.
Es poco menos que evidente, que nuestro pequeño héroe libertario lucha más contra la «kasta» que contra la «casta», pero a cualquiera de las dos le deberá siempre el favor de haberle devuelto a la arena política provincial que le echa mucho de menos y que jamás vio con entusiasmo que él presidiera una asamblea con tantas banderas de colores tan variados.
No toda la «casta» tiene «caspa», pero si la tuviera, hay dos remedios infalibles: uno, un saco blanco, y otro, un buen «Cepillo».