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  • La jornada de trabajo en la Argentina
  • Según el jefe de la pandilla libertaria salteña (en su vertiente gualdivioleta), Alfredo Horacio Olmedo, entre sus múltiples actividades empresariales cuenta con un restaurante (imaginamos que muy próspero).
Alfredo Horacio Olmedo
Alfredo Horacio Olmedo

Dice Olmedo que si por el mozo empleado en su restaurante fuera, sus jornadas diarias (las del mozo, no las de Olmedo) «serían de 20 horas», porque al hombre no solo le gusta trabajar hasta la extenuación, sino que a su sueldo (que remunera la jornada máxima legal) le suma «horas extras» y «propinas», lo que lo llevan a ganar un «doble sueldo».



Esta forma de pensar fue, precisamente, la que llevó a los industriales del siglo XIX a beneficiarse de jornadas larguísimas de sus obreros, que, para no caer en la miseria, se veían obligados a trabajar entre 14 y 18 horas diarias, con sacrificio de su salud y del bienestar de su familia.

Por este motivo fue que en 1919, la recién creada Organización Internacional del Trabajo elaboró su famoso Convenio n.º 1, cuyo artículo 2 estableció con carácter general y vocación universal la jornada máxima de ocho horas por día y de cuarenta y ocho por semana.

Si aquella norma no hubiera traído un poco de racionalidad y humanidad a las durísimas relaciones industriales de la época, los obreros —alentados por el pensamiento de Marx— habrían tomado la justicia por sus propias manos y pasado a degüello a patrones explotadores y crueles. El líder libertario salteño debería, pues, agradecer que exista una norma como esta y no pretender derogarla.

Es una pena que Olmedo, con su vasta experiencia parlamentaria, no se haya percatado de que desde hace 108 años existe una norma internacional que prohíbe trabajar más de cuarenta y ocho horas por semana. Y lo que es peor: que ignore que el 30 de noviembre de 1933 la República Argentina ratificó el Convenio n.º 1 de la OIT y lo incorporó a su derecho interno.

No sé qué tipo de restaurante tendrá Olmedo, ni en dónde lo tiene. Pero —salvo los McDonald's, que, por cierto, no tienen «mozos»— es muy difícil hallar un restaurante decente que abra 20 horas por día, sin rotar su mano de obra y sin tener tiempo ni siquiera para asear la cocina.

Pienso que el servicial mozo que quiere trabajar «20 horas» se quedó un poco corto, pues, si por las horas extras y las propinas fuera, debería aspirar a trabajar unas 60 horas diarias, para lo cual Olmedo no solo debe reformar la Ley de Contrato de Trabajo sino intervenir por la fuerza la Oficina Internacional de Pesos y Medidas para que los días tengan 72 horas en vez de 24 (que se antoja una miseria para sus objetivos productivos). Tal vez si Olmedo se enfunda el traje de Superman y vuela hacia la estratosfera, pueda ralentizar la velocidad de rotación de la Tierra para que su restaurante permanezca abierto más horas por día.

En tal caso, si el empeñoso mozo trabaja 60 horas por días no solo va a tener un «doble sueldo», como dice Olmedo, sino uno triple y hasta un cuádruple sueldo, con apenas un poco más de esfuerzo.

A mí también me gustaría trabajar en ese restaurante, dormir tres horitas junto a la pila de fregar platos y disfrutar de mi sueldo hinchado (que no tendré tiempo de gastar, por supuesto), agradeciendo de rodillas la misericordiosa generosidad del patrón de la campera amarilla.



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