La Argentina no se subdivide ni en provincias ni en distritos. La Argentina no es un país subdividido, de ningún modo. Al contrario, las provincias, por decisión de sus pueblos, forman el país, un país que no está «subdividido» sino indestructiblemente unido, aunque con órdenes políticos y jurídicos claramente diferenciados, no solo para gobernar mejor sino también para hacerlo más limitadamente.
Esta visión perversa conduce inevitablemente al menosprecio de las provincias y a la negación de su histórica preexistencia.
En las provincias reside el poder que da vida a la Nación, de modo que el poder del país unificado (el del Estado federal) no es más que una emanación -limitada- del poder político de las provincias.
Nuestro idioma, a diferencia de otros, distingue claramente entre «ser» y «estar». Y es por esta razón que felizmente se puede decir que las provincias no están en el país sino que son el país.
Se discute estos días si los gobernadores de provincia pueden o deben recibir «órdenes» del Presidente de la Nación. Y la verdad es que, aunque nuestro sistema constitucional consagra la supremacía jurídica del orden federal, en ningún momento establece la supremacía política, ni del Presidente de la Nación ni de ninguna otra institución federal. Desde luego, tampoco a la inversa.
Simplemente, se trata de órdenes políticos diferentes, con esferas competenciales claramente delimitadas, aun cuando existan entre ellos amplios espacios de cooperación y de facultades «concurrentes».
El respeto que se debe a las provincias (y, por extensión, a sus gobernadores) no se compadece con el trato de «distritos». Para jugar con las palabras, se podría decir que entre nosotros «distrito» equivale a «destrato».
Los gobernadores no son «jefes de distrito» designados por el jefe de la empresa para hacer posible su voluntad central en la periferia. Son magistrados electos por el voto popular, hombres y mujeres que ostentan exactamente la misma legitimidad que el Presidente de la Nación. El respeto que se deben unos y otros no es otra cosa que el respeto a la Constitución.
Conviene tener presente que la palabra «distrito» proviene del latín tardío tardío «districtus», que, a su vez, deriva del latín «distringĕre», que no significa otra cosa que «mantener apartado».
La Argentina, por su conformación histórica, no «mantiene apartada» a ninguna provincia. Al contrario, todas han decidido integrar un solo territorio y dar vida a un Estado central, que no las «contiene» (como se supone) y del que no son subordinadas.
En otras palabras, que el sistema federal argentino, adoptado en 1853 y ratificado en las sucesivas reformas constitucionales no «aparta» ni «distingue» a las unidades subnacionales, sino que las «integra» y las «iguala».
La próxima vez que experimentemos la tentación de utilizar la palabra «distrito» para llamar a una provincia, por favor, pensemos en todas estas cosas.