A mi modo de ver, la opinión sobre la presunta excelencia de nuestros mecanismos electorales es superficial y triunfalista, propia de quienes piensan que las elecciones se deben juzgar por lo que pasa en las 10 horas que permanecen abiertas las mesas electorales.
En estos días he oído cosas como que «el fraude electoral es imposible», y me pregunto si no es fraudulento que el gobierno compita en las elecciones empleando a su favor recursos que son de todos los ciudadanos y que deben permanecer neutrales.
Para mí, como para muchos, es una trampa que el Ministro de Economía -a la vez, candidato a Presidente- regale dinero que no le pertenece y reparta favores que podría haber hecho en cualquier otro momento, antes y durante la campaña; incluso en esos días en que la ley prohíbe hacer proselitismo.
Puede que ahora no voten los muertos tantos como antes, pero a buen seguro que cuando a Roque Sáenz Peña se le ocurrió instaurar en el país el sufragio universal no había funcionarios tan fulleros y tan inmorales que se aprovecharan de los bienes del Estado para pagar sus campañas.
Y me pregunto también si se puede hablar de unos mecanismos electorales inobjetables cuando la autoridad que debe controlar la equidad de la competencia electoral y la transparencia del proceso tolera alegremente los abusos de poder y la utilización de los recursos neutrales del Estado para volcar las elecciones a favor de uno de los dos candidatos.
No quiero acordarme de los cientos de miles de kilómetros que recorrió y los miles de litros de combustible que gastó el avión oficial de la Provincia de Salta para hacer posible la fracasada campaña presidencial del exgobernador Juan Manuel Urtubey. Su «sueño» (y su debacle) los pagaron todos los salteños; incluidos los que hoy dicen que el sistema electoral es «excelente».
Nada de esto sucede en los países que celebran elecciones con la misma periodicidad con que se celebran en la Argentina y a los que consideramos que tienen mecanismos electorales «inferiores» a los nuestros. Deberíamos rebajar un poco nuestra soberbia y acercarnos sin prejuicios a estos países, porque siempre es posible aprender algo bueno de ellos, aunque no sean perfectos.
Si para que un sistema electoral sea «excelente» es necesario sacar a la calle a miles de policías y a decenas de miles de soldados, es que el «sistema excelente» no confía en los ciudadanos; es decir que teme que vayan a hacer trampa o que vayan a ejercer coacciones o violencia contra otros ciudadanos.
¿Puede ser considerado el mejor del mundo el mismo sistema electoral que está construido sobre la base de la desconfianza y el temor hacia la libertad de los mismos ciudadanos que son llamados a elegir?
Justo el día en que los ciudadanos deben ser más libres que nunca; el día en el que son inmunes al arresto y en el que ejercen la máxima autoridad soberana, ese mismo día las ciudades aparecen tomadas por las tropas y las fuerzas de seguridad. El día que no se puede beber, no se puede cantar, no se puede vestir camisetas ni gorras, so pena de que los sobrios guardianes de la «veda», los «moralizadores» de nuestra democracia, intervengan con su fuerza irresistible. Ese día no puede haber más espectáculo lírico que el de los fiscales amargos impugnando de viva voz los votos de quienes ellos consideran indeseables.
Creo, muy humildemente, que a la Argentina -esa Argentina que dice tener muy poco que aprender del mundo en materia de elecciones- todavía le queda mucho camino por recorrer en materia de libertad. En 40 años no hemos aprendido todavía que la democracia es un asunto de ciudadanos y no de tipos con uniforme, botas y bastones.
Porque el día que la seguridad de las elecciones se afirme en la responsabilidad de los ciudadanos, el día en que los miedosos confíen en el buen comportamiento cívico, se vote haciendo cruces en un papel, no haya fiscales controlando obsesivamente la integridad de las papeletas, y se prescinda de la fuerza disuasoria/represiva de la Policía para garantizar las elecciones, ese día habremos avanzado algo.
Un poco, pero nunca tanto como si prohibiéramos a los tramposos e inmorales de turno utilizar la caja pública (y los aviones) para pagar descaradamente su campaña.