Imaginemos pues que un grupo de aventajados discípulos del doctor Freud, desde un sanatorio de Viena, ataviados todos con bata blanca y mirando la pantalla a través de gruesas gafas de pasta, decide detener el debate y cobrarle off-side a uno de los candidatos, o calificar a uno de ellos como «anal retentive» y al otro como «anal expulsive». El VAR, pero en versión psicoanalítica.
Pero la cosa no se queda ahí. El candidato kirchnerista también ha insinuado que, antes del debate, los candidatos deben someterse a una prueba de alcoholemia, pues -recuerda- «en algún momento, el alcoholismo de un general nos llevó a la guerra».
Quizá la prueba deba complementarse entonces con una ecografía hepática y de vías biliares, con la sana intención de comprobar si el candidato padece de esteatosis hepática de etiología alcohólica o si su carácter atrabiliario obedece a la formación de esos cálculos que solo puede formar el «escabio».
El que no parece estar en sus cabales es Massa, pues aquel general rosadito que mandaba adolescentes al matadero mientras él amenizaba sus tardes bélicas con el «elixir» del Coco Basile, no era muy amigo de los debates democráticos, ni de dar explicaciones de sus decisiones a nadie. Era un dictador sin ningún tipo de control.
Solo faltó que Massa pidiera que cada candidato presentara su certificado de bautismo, el bucodental y otro de «buena conducta» expedido por el comisario del barrio.
Para el elector medio, el «cálculo» es muy sencillo: si los «cuerdos» como Massa han llevado al país a la situación en la que se encuentra ahora, ¿por qué no darle una oportunidad a los que están piantados? En una de esas lo hacen mejor.
A finales de los años 60 del siglo pasado, el poeta uruguayo Horacio Ferrer, con la genial complicidad de Astor Piazzolla, dedicó a los locos una balada inolvidable. Ahora Massa no solamente parece empeñado en expulsar gente del mundo de los sanos, sino que quiere anular, por decreto, la belleza de aquella canción.
Siempre será preferible votar a uno que vea a la luna rodando por Callao, o a una que mire a Buenos Aires del nido de un gorrión, a otro que ni se le pasa por la cabeza enloquecer nuestro corazón de libertad.

