En este momento tan delicado del proceso electoral, el señor Milei parece haber obtenido un apreciable respaldo, no solo a su figura, sino también a sus propuestas radicales, lo que indica que una parte importante de los ciudadanos argentinos apoya una política de cambios rápidos y profundos.
Casi todas sus propuestas extremas requieren, para poder ser realizadas, el ejercicio de una autoridad fortísima, de un poder concentrado e incontestable: dos cosas que no solo son conceptualmente incompatibles con la idea de democracia sino también -y esto es lo verdaderamente preocupante- con la idea de libertad.
No existen, por definición, ni un liberalismo extremo ni un liberalismo agresivo. Una de las notas distintivas -sino la más importante- del espíritu liberal es la moderación, una cualidad que no parece cultivar el candidato Milei.
La libertad no se puede conquistar anulando la libertad de disentir ni reforzando el poder de los que mandan, como parece que pretende hacer el señor Milei.
Por tanto, sería bueno que no se utilizara el buen nombre de la libertad para achicar la democracia, ni para concentrar el poder en una sola persona, ni para liquidar el federalismo. Si la moderación del liberalismo convoca a conciliar la libertad con la autoridad, lo que propone Milei es justamente todo lo contrario; es decir, potenciar la autoridad para alcanzar sus objetivos «libertarios» desde la hiperactividad y omnipresencia del Estado, en desmedro del protagonismo del individuo.
Ser liberal, entre otras cosas, es vivir con una actitud de respeto y tolerancia hacia la diversidad en el seno de nuestra sociedad. Aunque Milei no pretenda uniformarnos, parece que su actitud frente a la diversidad es tan cuestionable como la de aquellos que no toleran a los conservadores, a los reaccionarios y a los liberales.
La libertad, como objetivo de la organización política, es mucho más importante que cualquier líder y que cualquier partido. Por eso no puede ser instrumentalizada ni monopolizada por ninguno. La libertad no supone grandes esfuerzos para quien la practica, ni políticos ni intelectuales. Tampoco requiere de un líder providencial que la imponga con medidas duras e irresistibles. La libertad es algo natural, como el aire que respiramos. Es la libertad la que nos convoca a no deificar al poder público y a sus dirigentes.
El señor Milei puede, sin dudas, ganar las próximas elecciones, convertirse en el nuevo Presidente argentino y, desde su sillón, practicar las reformas que sus votantes le han encomendado y aquellas en las que él esté convencido. Pero no nos confundamos: la libertad no es algo que fluya desde el vértice del poder hacia la base; no es algo que se pueda imponer con autoridad, ni juntando una mayoría aplastante de votos.
Quien dice defender la libertad, lo primero que debe hacer es respetar a quienes piensan que su estrategia «libertaria» puede que no sea la más adecuada.