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  • Tras haber conseguido ser el candidato más votado en las elecciones del pasado domingo, Javier Milei se ha convertido en el ciudadano con más probabilidades de ser elegido Presidente de la Nación para el periodo 2023-2027.
Javier Milei
Javier Milei

En este momento tan delicado del proceso electoral, el señor Milei parece haber obtenido un apreciable respaldo, no solo a su figura, sino también a sus propuestas radicales, lo que indica que una parte importante de los ciudadanos argentinos apoya una política de cambios rápidos y profundos.



Muchas de las propuestas que ha formulado Milei en estos últimos dos años son impracticables y él lo sabe. Aun así, una mayoría de electores parece confiar en que Milei pueda cumplir sus promesas y salvar al país de la catástrofe.

Casi todas sus propuestas extremas requieren, para poder ser realizadas, el ejercicio de una autoridad fortísima, de un poder concentrado e incontestable: dos cosas que no solo son conceptualmente incompatibles con la idea de democracia sino también -y esto es lo verdaderamente preocupante- con la idea de libertad.

No existen, por definición, ni un liberalismo extremo ni un liberalismo agresivo. Una de las notas distintivas -sino la más importante- del espíritu liberal es la moderación, una cualidad que no parece cultivar el candidato Milei.


Es posible que muchas de las reformas radicales que propone La Libertad Avanza sean necesarias para relanzar la economía, para acabar con el clientelismo político, para recuperar la cultura del trabajo o para erradicar la sobreideologización del aparato del Estado; pero un auténtico demócrata convencido sinceramente de la necesidad de alcanzar estos objetivos utilizará vías democráticas (no autoritarias) para conseguirlo.

La libertad no se puede conquistar anulando la libertad de disentir ni reforzando el poder de los que mandan, como parece que pretende hacer el señor Milei.

Por tanto, sería bueno que no se utilizara el buen nombre de la libertad para achicar la democracia, ni para concentrar el poder en una sola persona, ni para liquidar el federalismo. Si la moderación del liberalismo convoca a conciliar la libertad con la autoridad, lo que propone Milei es justamente todo lo contrario; es decir, potenciar la autoridad para alcanzar sus objetivos «libertarios» desde la hiperactividad y omnipresencia del Estado, en desmedro del protagonismo del individuo.


Si la moderación es, como dice el Diccionario, sinónimo de cordura, sensatez o templanza en las palabras o en las acciones, decididamente el candidato Milei no es un moderado; y al no serlo, tampoco es un liberal.

Ser liberal, entre otras cosas, es vivir con una actitud de respeto y tolerancia hacia la diversidad en el seno de nuestra sociedad. Aunque Milei no pretenda uniformarnos, parece que su actitud frente a la diversidad es tan cuestionable como la de aquellos que no toleran a los conservadores, a los reaccionarios y a los liberales.

La libertad, como objetivo de la organización política, es mucho más importante que cualquier líder y que cualquier partido. Por eso no puede ser instrumentalizada ni monopolizada por ninguno. La libertad no supone grandes esfuerzos para quien la practica, ni políticos ni intelectuales. Tampoco requiere de un líder providencial que la imponga con medidas duras e irresistibles. La libertad es algo natural, como el aire que respiramos. Es la libertad la que nos convoca a no deificar al poder público y a sus dirigentes.


El liberalismo no es una ideología, como tampoco es una teología. Reivindica la autonomía del individuo frente al Estado, rechaza las ideologías y se configura como una resistencia contra cualquier abuso de poder, tanto en la vida privada como en la vida pública. Confundir el individualismo con el egoísmo es un error en el que se cae con frecuencia. Confundir el liberalismo con la ideología es desconocer el valor de la libertad.

El señor Milei puede, sin dudas, ganar las próximas elecciones, convertirse en el nuevo Presidente argentino y, desde su sillón, practicar las reformas que sus votantes le han encomendado y aquellas en las que él esté convencido. Pero no nos confundamos: la libertad no es algo que fluya desde el vértice del poder hacia la base; no es algo que se pueda imponer con autoridad, ni juntando una mayoría aplastante de votos.

Quien dice defender la libertad, lo primero que debe hacer es respetar a quienes piensan que su estrategia «libertaria» puede que no sea la más adecuada.



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