Ningún campeón esperaba que la recepción fuera modélica, tanto en organización como en seguridad. Ellos mismos, liderados por su sobrio capitán, se plegaron a la fiesta de una forma alocada e irreverente. Se habían ganado largamente el derecho a hacerlo, del modo que quisieran. Por tanto, era lógico calcular que, después de tantos años de locura social, política y deportiva, los festejos por la conquista iban a ser caóticos e incontrolables, como finalmente lo fueron.
La jornada de ayer, con más de cinco millones de personas lanzadas como hormigas rebeldes a las calles de Buenos Aires, puso de relieve algo que los sociólogos criollos deberían estudiar en profundidad: la doble cara del anonimato, que tan pronto permite que nos despedacemos en Twitter como que en cualquier esquina nos abracemos como hermanos envueltos en la bandera nacional, a condición de no saber con quién nos abrazamos.
Ayer no solo triunfó la irracionalidad sobre la razón (algo que viene ocurriendo en la Argentina desde hace bastante tiempo, con resultados de sobra conocidos) sino que fue muy notoria la derrota del intelectualismo pueril que, otra vez, y en la ocasión menos indicada, intentó delimitar, sin éxito ninguno, los ámbitos de la política y el fútbol, o mezclarlos interesadamente para provecho de una parcialidad. Aborrecer el fútbol y negar a sus ídolos ha sido una de las señas de identidad más constantes de esa inagotable cantera de intelectuales estériles de la que siempre se ha nutrido la superficialidad nacional.
Pero una cosa es intentar que los políticos se mantengan alejados de las alegrías que proporciona el deporte y conseguir que no aprovechen la ocasión para subirse al carro de los triunfadores (objetivos en todo caso razonables) y otra bien diferente es ignorar que la política, más que del poder, se ocupa de la convivencia entre diferentes. Y si algo no se puede negar, después del soberbio espectáculo que vivimos ayer, es que la pasión por el fútbol ha hecho más por nuestra maltrecha convivencia que cualquier esfuerzo encaminado a la conquista del poder y los espacios de influencia. Muchos descubrieron ayer que hemos desperdiciado las últimas cuatro décadas en querellas inútiles y sobredimensionadas.
Aun a riesgo de caer en una exageración ridícula, se podría decir que Lionel Messi ha hecho más por nuestra convivencia y nuestra hermandad como argentinos que cualquier otro ser humano en los últimos doscientos años.
Las redes ardían ayer al calor de las comparaciones (realmente inoficiosas) entre la gloria maradoniana y la messiana. Probablemente nunca sepamos con certeza cuál de las zurdas mágicas es más dúctil o cuál nos hizo más felices, pero lo que ya se sabe con bastante seguridad es que la misma gloria puede inclinar a algunos a profundizar en la división y a otros, al contrario, a aprovechar el cielo para unificar la diversidad. Todo depende de cómo y para qué se utilicen los pedestales.
Y en esto reside precisamente uno de los secretos de la política, pues para unificar lo diverso y lo que por naturaleza está mal avenido no se requieren fantasiosos desarrollos teóricos o doctrinarios sino que se necesitan argumentos simples, como el juego del fútbol, que casi todo el mundo entiende, sin necesidad de expertos que vengan a explicarlo.
Simple, directo y sin complicaciones innecesarias es y ha sido siempre el discurso del capitán de la Selección Argentina campeona del mundo. Tan simple, que nuestra máxima estrella probablemente no se da cuenta de que, a sus 35 años, la vida lo ha convertido en el político más eficiente que ha dado nuestra tierra en siglos. Por tanto, calificar a Lionel Messi de «vulgar», como lo ha hecho algún envidioso de pluma ligera, no es un insulto: es una falta absoluta de cultura cívica, fruto de una imperdonable miopía política.
Ayer, un agudo comentarista de nuestra realidad, el doctor Carlos Grinblat, escribía en Twitter que si Messi, en medio de la algarabía, se decidía ir a la Casa Rosada y desde el mítico balcón anunciaba su candidatura a Presidente para 2023, se iba a alzar con el 95% de los votos.
No se podía decir mejor, porque después de lo que ha vivido el país ayer, ya no se puede dudar, en términos estrictamente históricos, de que Lionel Messi, con esa grandeza que atesora en sus breves 170 centímetros, le ha juntado la cabeza a colosos monumentales como Gardel, Perón, Eva Perón y Maradona, superando todo lo conocido y por conocer en materia de sentimientos nacionales.
Así como ayer nadie esperaba un desfile triunfal pulcro, ordenado y seguro, tampoco nadie acaricia hoy la esperanza de que el campeonato del mundo nos coloque definitivamente en una senda de concordia, de entendimiento y de progreso con justicia. No habrá, para desgracia nuestra, un antes y un después en materia social y política después de la gloriosa foto de nuestro capitán alzando la copa.
Con lo cual, solo nos queda vivir el momento y disfrutar con lo que fuimos, por unas horas, por unos días y, tal vez, por algunas semanas. Porque, a buen seguro, no tardaremos en volver a las andadas. La tercera estrella en el pecho no nos cambiará, así como no aumentará nuestra tradicional soberbia, como maliciosamente calculan algunos, ni curará nuestros males endémicos como el pesimismo estructural, la degradación de nuestra cultura, la pobreza o la corrupción.
La imagen de ayer, la que simboliza las contradicciones nacionales, es la de los dos hinchas que se tiraron desde el puente al paso del autobús que transportaba a la Selección. Uno, el más afortunado, cayó sobre la cubierta y fue auxiliado por los jugadores; el otro, le erró al micro. Todo el mundo vio cómo se escurría por la luna trasera y acababa con sus huesos sobre el hirviente pavimiento de la Ricchieri. Cuando, malherido, el hincha infortunado era transportado en camilla por los paramédicos, todavía agitaba su diestra y desde la camilla ensangrentada cantaba «Muchachos....». Por puro milagro, el puentista no está hoy con Don Diego y con la Tota alentándolo a Lionel.
En aquella grotesca escena estuvieron presente las dos Argentinas: la que acierta y la que se equivoca; las dos juntas y probablemente revueltas, pero alegres al fin y al cabo.
El fútbol -admitámoslo- genera sentimientos primarios, por más que algunos pretendan que nos provoque sofisticadas experiencias «universitarias» y otros quieran mandarnos al diván para ayudarnos a deshacer ciertos embrollos mentales. Confiemos, pues, en que el fútbol, aunque a veces nos torture y nos haga sufrir, siga dándonos alegrías simples, de esas que podemos contar a nuestros hijos y nuestros nietos sin necesidad de tener que hacer un máster en psicoanálisis para ello.
Porque en la sencillez de los motivos que tenemos para convivir se encuentran los secretos de la política, las claves de nuestro contrato social y la explicación final de nuestro destino como pueblo libre de la Tierra.
Son esos secretos, esas claves y esas explicaciones las que los «expertos» no han podido ni jamás podrán descifrar, sencillamente porque no están a su alcance, como tampoco lo están el fútbol, la felicidad que es capaz de repartir y su gloria sublime.
