current
humidity
  • Historias de la Guerra Fría
  • A finales de los años 70 del siglo pasado, un salteño inquieto y cosmopolita, algo atípico en sus costumbres pero de exquisitos modales, decidió emprender un viaje turístico a la Unión Soviética.
'Cubrasé, Pancho!'
Plaza Roja de Moscú

La empresa no era fácil, pues los desplazamientos de ciudadanos occidentales allende el telón de acero no eran algo que por entonces se pudiera hacer con entera libertad, aunque nuestro personaje deseaba vivamente experimentar en carne propia la caída de Podgorni, y la consecuente fortificación del poder del poco atractivo Leónid Bréznhev.


Su entrada en la URSS no conoció tropiezos, pero sí su salida, pues el salteño se perdió un día por las callejuelas de Moscú, en donde le harían sentir el rigor cosaco mediante ritos ancestrales, danzas rituales y el consumo desenfrenado del mejor vodka de su vida.

Fatigado y vencido por la espirituosa bebida blanca, nuestro amigo regresó a su hotel, en donde, a causa de su estado, confundió el cajón de la mesilla de noche (en donde guardaba celosamente su pasaporte) con un orinal.

Al día siguiente, el pasaporte amaneció deshecho y con sus principales datos borrados por el corrosivo efecto del ácido úrico, con tanta mala suerte que esa misma tarde el salteño debía utilizarlo en el puesto fronterizo para salir del país

Al presentar un documento en semejante estado (más penoso que el de las libretas del carnicero), los guardias soviéticos le preguntaron por la causa del desastre. El salteño respondió: «Se me cayó en la nieve, mientras paseaba por la Plaza Roja».

En su viaje de regreso al mundo libre, hizo escala en Madrid, en donde se hospedó en el austero apartamento de un matrimonio de jóvenes intelectuales argentinos exiliados en España.

Aprovechó para quedarse unos días y durante su estancia se ocupó de provocar a la dueña de casa circulando semidesnudo por los pasillos de la vivienda.

Lo hacía de puro gusto, a sabiendas de que a su anfitriona no le hacía ninguna gracia y que no veía con buenos ojos que cada vez que se cruzaban en alguna parte de la casa el audaz visitante de la URSS diera un saltito de falso pudor, que no era sino otra forma más de provocar.

Llegó entonces un día en que la anfitriona, seguramente por consejo de su marido, se dispuso a poner fin a las exhibiciones no solicitadas. Fue así que cuando volvió a encontrárselo semidesnudo camino del baño, le espetó en la cara: «¡Pancho, cubrasé!».

Y Pancho, claro, debió cubrirse.

Opinión

Vea artículos de opinión

2024

Vea los obituarios de 2024

Economía

Vea noticias de economía

Actualidad

Vea artículos de actualidad

Medio ambiente

Nuestra naturaleza

Destacado