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  • Muerte y decencia
  • Probablemente el peor pecado que puede cometer el ser humano consiste en jugar a ser Dios y decidir arbitrariamente sobre la vida y la muerte de sus semejantes.
Imagen ilustrativa
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Quien alguna vez, por alguna circunstancia, ha debido elegir a quién salvar y a quién condenar a muerte, debe tener en cuenta, en primer lugar, las consecuencias éticas que acarrea su inobservancia del Quinto Mandamiento.


Por consiguiente, no debe esperar a que los demás aplaudan sus decisiones; sobre todo cuando éstas, en tanto versan sobre la vida y la muerte de seres humanos, solo competen a Dios.

Cuando alguien ha incurrido en alguno de estos comportamientos paradojales (salvar a unos y condenar a otros) se hace muy difícil conservar la decencia, o recuperarla. Solo lo consiguen -y con gran esfuerzo- aquellos que finalmente deciden enfrentarse a cara descubierta a la justicia de los hombres y se muestran dispuestos, en todo momento y lugar, a responder por sus actos con valentía y decisión. Difícilmente pueden alcanzar esta meta aquellos que dilatan procedimientos, eluden condenas y se blindan de impunidad, no con otra intención que la de hacer imposible el juicio humano.

La muerte solo enaltece a las personas que han vivido con dignidad y, en determinadas circunstancias, a los pecadores que se arrepienten de sus pecados. El elogio fúnebre de los que han muerto en la indignidad y en el oprobio degrada a la sociedad en la que se produce, y lejos de procurar o de asegurar la absolución moral del desaparecido, aquel elogio destemplado, el que traspasa los límites normales del dolor humano y se interna en los resbaladizos terrenos de la ideología, condena perpetuamente a los autores de la elegía.

La desaparición física de un ser humano, cualquiera sea su estatura moral, generalmente provoca congoja, y en las personas creyentes y piadosas despierta sentimientos de respeto y compasión. Esto es lo normal. Pero cuando se traspasan estos límites, los corazones atenazados por el dolor terminan convirtiéndose en puños crispados, y el respeto -generalmente silencioso y recatado- se transforma en agitación incontrolada y en agresión hacia los que frente a la muerte de alguien exhiben sentimientos diferentes.

Sucede que cuando los vivos imploran a Dios una protección exagerada para los muertos, no es que los vivos se hayan vuelto de repente más piadosos o más creyentes, sino más bien porque no están plenamente convencidos de que quien se ha marchado de este mundo las tenga todas consigo para entrar en el Reino de los Cielos. Hay que hacer un considerable esfuerzo para intentar empujar hacia arriba lo que irremediablemente tiende a irse hacia abajo.

Solo aquellos vivos que no están demasiado seguros de la calidad humana de sus muertos son los que, por delante del dolor, convierten a la fuerza de la oración y la solidaridad de casta en recursos imprescindibles para lograr que aquel que fue capaz de eludir hábilmente el juicio de sus semejantes pueda hacer lo mismo con el juicio divino.

La muerte, sin dudas, nos iguala y por ello debemos respetar a todos los muertos por igual. A los de ahora, pero también a los de antes. A los inocentes pero también a los culpables. Las sociedades que no respetan a sus muertos están condenadas a extinguirse o a vivir en la ignominia; lo mismo que aquellas que, por respetar más de la cuenta a unos, terminan faltándole el respeto a otros.

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