Los salteños hemos demostrado que somos muy malos para encarar y resolver los problemas que viven y padecen la otrora apacible villa de Orán y sus pueblos circundantes, incluido el convulso y criminalizado Aguas Blancas.
Parece bastante claro que deben ser los oranenses los «artífices de su destino común», pero el gobierno que reside en el Grand Bourg, lejos de las chalanas y los bagayeros, tiene que hacer algo para parchar las instituciones y devolverles siquiera una mínima parte de su prestigio.
No es posible que desde el gobierno, o desde otros poderes periféricos del Estado se alimente todos los días y por todos los medios la imagen de una ciudad de Orán infestada de jueces corruptos, obispos degenerados, comisarías vulnerables, cárceles inseguras e intendentes venales, como si Orán no fuese una parte muy importante de Salta.
Algo seguramente habrá que funcione bien en Orán y su área de influencia, y es deber del gobierno encontrarlo y potenciarlo, no solo para restaurar la legalidad sino también para recuperar la convivencia .
Hace falta invertir en los oranenses, pero más falta hace todavía invertir en «oranidad»; es decir, en la restauración lenta y paciente de la imagen devaluada de un territorio que ha tenido la mala suerte de haber sido elegido por las mafias transnacionales para instalarse. Quizá no se pueda acabar con ellas, pero sí trabajar para que se busquen otros horizontes y hacer que la muy digna ciudad de Orán deje de ocupar la primera plana de los policiales de los grandes medios nacionales.
Y si no pudiéramos conseguir devolverle a Orán su prestigio de población pujante, vital y productiva, pues pensemos seriamente si la solución no consistirá en transferir el territorio a la Provincia de Jujuy; o incluso a Tarija, habida cuenta de que esa cuña boliviana que penetra como un puñal caliente el mapa de Salta por el Norte, todavía quiere hacerlo un poco más hacia el Sur.



