Debe de andar la familia de la intendenta un poco floja de méritos personales y espirituales, así como de aciertos políticos o institucionales, para que uno de sus miembros más conspicuos haya salido a celebrar algo tan pedestre (común al resto de los mortales) como el encadenamiento entre generaciones.
No sabremos qué opinará de esto el señor Serrudo y quienes como él comparten responsabilidades sindicales. Pero raro es el caso en el mundo (en el ancho universo de la negociación colectiva) que una de las partes, antes de sentarse a la mesa, le diga a la otra: «De aquí no pasarán».
Una actitud como esta revela no solamente un desprecio manifiesto a la autonomía colectiva de los trabajadores organizados en sus sindicatos, que -vale la pena recordar- no se sientan a negociar como empleados subordinados de la «nieta afortunada» sino en una posición de estricta igualdad.
Así como se suele decir que a Salta no llegó aún la Revolución Francesa, lo que parece claro es que algunas esclarecidas familias del territorio no se han enterado de la Revolución Industrial, de la existencia de Robert Owen o de Sidney y Beatrice Webb. Ni siquiera conocen a Alfredo Palacios.
A pesar de sus alardes de modernidad, todavía se manejan -como el «afortunado abuelo»- con el látigo y la chequera.
