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  • La democracia en un ring
  • Un conspicuo dirigente de la izquierda radical salteña -algo así como un Mélenchon del subdesarrollo- ha lamentado hoy en Twitter que el Gobernador de Salta haya vetado una ley «conquistada» [sic] por los vecinos de un barrio de Salta.
Cámara de Diputados de Salta
Cámara de Diputados de Salta

No conozco el contenido de la ley, ni sus potenciales beneficios, de modo que ignoro si el veto gubernamental es razonable o no lo es. No puedo pronunciarme sobre este punto.


Lo que sí me gustaría comentar es esto de las leyes «conquistadas», que me parece sumamente novedoso y muy poco democrático.

Y contradictorio, porque la Legislatura que la ha sancionado es la misma asamblea precaria, iletrada y populista que periódicamente vota normas del más variado gusto, la mayoría de las cuales son calificadas con los peores adjetivos por la misma izquierda radical que hoy lamenta el veto a la «conquista» popular.

Hay leyes que gustan más y otras que gustan menos, pero a un buen izquierdista antisistema que bien se precie, todas ellas les tienen que parecer herramientas de la perversa clase capitalista y opresoras del pueblo trabajador, aun aquellas que son más favorables a las clases «populares».

Según esta particular concepción de las democracias, las leyes que nos rigen a todos no son producto de la racionalidad de la voluntad general sino de la lucha y de la refriega; es decir, de la imposición traumática de una clase sobre su antagonista social.

Lo que es extraño, en el caso de la ley vetada, es que haya sido «conquistada» por los desfavorecidos, a expensas de los pérfidos explotadores. Una auténtica rareza.

Sucede tres cuartos de lo mismo con los «derechos» que la izquierda dice conquistar después de luchas tremendas, previo haber derrotado a su enemigo estructural.

Antes, cuando la democracia era menos «peleada» que ahora, los derechos nacían de un amplio consenso entre los diferentes. Ahora nacen de imposiciones minoritarias o mayoritarias, pero no «a favor de» sino «en contra de», lo que asegura que no se cumplan o, al menos, que, cumplidos que fuesen, los derrotados no sueñen sino con aniquilarlos cuando se den las circunstancias apropiadas.

Con «leyes conquistadas» y «derechos en contra del antagonista» nuestra democracia representativa y deliberativa está liquidada; no tiene razón de ser ni sentido para existir. Las leyes y los derechos no deberían decidirse en un recinto sino en un ring, aprovechando quizá que algunas legisladoras son, además, árbitras de boxeo.

Porque, según parece, si no hay sangre, sudor o lágrimas, no hay razón para vivir, ni para justificar nuestra presencia en el mundo.

Para muchos, se trata de una forma de matar a la democracia. Para mí es la forma que han elegido algunos escépticos temerosos de la libertad y de la ciudadanía para huir de la política y una renuncia explícita a la siempre fascinante aventura de convivir.

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