Tras la decisión del Gobernador de ofrecer 10 millones de recompensa por datos ciertos que conduzcan a su madriguera, los fiscales ya le han echado el guante a su novia y uno de sus amigos.
Al segundo se lo responsabiliza de haber pagado con su teléfono celular el Uber con el que Camboya pudo salvar la astronómica distancia que separa el Parque del Bicentenario con la también bicentenaria localidad de Atocha, donde precisamente los sabuesos le han perdido el rastro.
A todos los delitos cometidos, tanto por unos como por otros, se debe sumar el grave atentado contra la estética humana perpetrado por el tatuador (o los tatuadores) del prófugo.
En concreto, hay que buscar y encerrar al que pudiera haberle tatuado en la espalda ese pajarraco tan espantoso que Camboya lleva a todas partes como seña indeleble de su voladora personalidad.
Un tatuador tan chapucero constituye una seria amenaza para sociedad.