Desde el momento en que se tuvo la certeza de que Charlie Kirk fue asesinado por sus ideas, por la forma de propalarlas y por el número de sus seguidores, los políticos de todo el mundo, con independencia de su forma de pensar y del lugar en que ejerzan su oficio, debieron alzar su voz al unísono para condenar este grave atentado y reclamar la expulsión de las expresiones de odio del debate político.
Pero tampoco han reaccionado los candidatos del otro extremo; lo cual es aun más llamativo si se tiene en cuenta que la víctima había alcanzado en buena parte de su país una cierta popularidad por sus numerosos discursos racistas, machistas y homófobos, y que buena parte de la derecha mundial ha reaccionado pidiendo vengaza y acusando a las fuerzas de la izquierda de no condenar esta muerte absurda.
Han guardado el mismo silencio vergonzante de Estrada los señores Sergio Leavy, Flavia Royón, Juan Manuel Urtubey, Gonzalo Guzmán Coraita, Laura Cartuccia, Ignacio Jarsún, María Emilia Orozco, Oriana Névora, Carlos Rodas, Bernardo Biella y Nora Giménez.
Todos ellos —y unos cuantos más— han demostrado con su silencio frente a este crimen atroz que, para ellos, la conciencia humanitaria tiene fronteras nacionales y que cuando caen abatidos políticos de países que no nos resultan particularmente simpáticos la mejor actitud posible es la indiferencia desdeñosa.
Las ideas —aun las más extremas, intolerantes e inaceptables— se combaten con ideas, no con balas. Nadie, en ningún lugar del mundo, debe morir por lo que piensa, por lo que dice o por la forma en que se expresa.
El silencio de los candidatos salteños nos expulsa del mundo y hace pensar que, por debajo de la indiferencia, hay una velada justificación de la violencia, sea por motivos ideológicos o por pura xenofobia.