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  • Señores y plebeyos con suerte en Salta
  • Quienes han tenido la poca suerte de tratarlo en la distancia corta, aseguran que Juan Manuel Urtubey siempre quiso emular a Juan Carlos Romero; es decir, imitar sus acciones y sus logros, procurando excederlos.
Juan Carlos Romero
Juan Carlos Romero

Tanto copió Urtubey a Romero que imitó incluso la inclinación de este último a parecerse —en riqueza, en influencia social y en poder político— a Robustiano Patrón Costas, el que probablemente fuera el salteño más prominente de la primera mitad del siglo XX.


Patrón Costas y Romero eran ya ricos hasta la náusea cuando incursionaron en la política. Urtubey, hijo menor de una familia numerosa de clase media, carecía de fortuna. Pero no de ambición.

Es de todos conocido que la familia del que fue Gobernador de Salta entre 2007 y 2019 dio un extraordinario salto de riqueza, justamente después de 2007. He aquí la primera diferencia. No es lo mismo comprar todas las entradas a que te inviten a la fiesta.

Romero superó en tiempo como senador nacional a Patrón Costas. Urtubey, que empleó una fortuna (no la suya precisamente) para hacer senador a su hermano mayor, no consiguió sin embargo que «la famiglia» pudiera hacer pie en la cámara alta.

Aspirante a suceder a Romero en 2025, Urtubey cerró su participación en las últimas elecciones con una derrota escandalosa, que ha tenido lugar a solo pocos días de que se cumplan tres meses del anuncio de Romero de no repetir como senador nacional.

Creía Urtubey que el pase a retiro del general Romero le dejaba abierta y expedita una ancha «avenida del medio» para reconquistar el poder del que se despidió sin honores en 2019.

Pero no contaba con la astucia de su sucesor.

El resultado electoral de anoche señala que, de los tres últimos gobernadores de Salta, uno celebró un notable triunfo (Sáenz); el otro vio cómo se estrellaban sus sueños de grandeza contra el muro de la realidad (Urtubey), y finalmente el tercero (Romero) vio por TV cómo sus sucesores se despedazaban, mientras él, con su estampa intacta y su capital político, menguado pero aún influyente, sonreía a la distancia sin perder ni las elecciones ni la compostura.

Si solo habláramos de timing y de estrategia, las acciones de Romero fueron impecables. Hoy no se puede menos que dedicar un aplauso a su zorrería, una cualidad que seguramente le viene de su abuelo Juan Bautista (o quizá del Nono Saro), y que, por lo que se ha visto en los últimos años, no han heredado sus propios descendientes sino en dosis muy modestas.

Romero se ha ganado el derecho a descansar de la actividad política y de dedicarse con mayor intensidad a sus nietos, a la navegación, a los aviones, a los caballos y a las bodegas. Urtubey hará lo mismo, solo que reemplazará los caballos por los cerdos y la navegación en el Cantábrico por las travesías a través del Departamento de Anta a bordo de camionetas falsamente tiroteadas. Aunque intente olvidarse del rapapolvo, le quedará para siempre ese sabor acre en la boca, que normalmente produce el haber salido trasquilado en las urnas.

Los resultados de ayer no solo se deben leer en clave política sino también en clave sociológica: Los modernos émulos de Robustiano Patrón Costas y de Juan Carlos Romero, hoy frustrados, deberán esperar más de una generación (y probablemente el Fondo del Tricentenario) para hacer realidad su sueño de mirar al resto de los salteños desde la cima de una montaña.

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