Muchas veces sin que los gobernantes lo pidan o lo impongan, quienes tienen asignada la tarea de traducir sus acciones en palabras, abusan de determinados verbos, que no significan lo que quienes los escriben suponen, o que, según las normas del idioma, no admiten determinados tiempos y formas.
La obligación de cualquier gobierno es la de mantener instituciones sólidas y fuertes. Por tanto, cada vez que se «fortalece» esto o aquello se transmite a los ciudadanos la idea de que, antes del «fortalecimiento» en cuestión, las instituciones o las políticas eran débiles y frágiles, y que el gobierno no estaba haciendo las cosas bien, precisamente.
En una gran mayoría de casos, la idea que se quiere transmitir con el verbo «fortalecer» quedaría perfectamente esbozada si se empleara el verbo «mejorar», pues hay políticas que se pueden mejorar hasta el infinito, pero que difícilmente se puedan «fortalecer» sin correr el riesgo de endurecerlas hasta el punto de que no sirvan para nada.
Por otro lado, desde el punto de vista ideológico, la idea de un gobierno «fuerte» no siempre es la que conforma a los ciudadanos. En muchos casos el soberano prefiere las instituciones «menos fuertes», porque una fortaleza continuamente alimentada desde el gobierno supone, en la mayoría de los casos, una amenaza de mayor intervención en la esfera de libertad de los ciudadanos.
Distinto es el caso del verbo «brindar», cuyo empleo hace pensar que quien lo escribe no tiene mucha idea de su verdadero significado. Es verdad que «brindar» es sinónimo de «ofrecer» y de «dar» -verbos que tranquilamente podrían reemplazarlo-, pero también es verdad que no significa dar u ofrecer cualquier cosa, sino -como dice el Diccionario- «una oportunidad o un provecho».
Por tanto, es incorrecto decir que fulano de tal va a «brindar» una conferencia o que tal funcionario va a «brindar» explicaciones, o que el gobierno va a «brindar» asistencia alimentaria a los afectados por la crecida del Pilcomayo. En ninguno de estos casos se puede advertir, con la debida claridad, una oportunidad o un provecho.
Según el Diccionario panhispánico de dudas, el verbo «iniciar» puede ser transitivo («Juventud Antoniana inicia su pretemporada») o intransitivo pronominal («Se inicia el Abril Cultural salteño») pero nunca solo intransitivo («Inicia una nueva edición de Convocatoria de Proyectos Socioproductivos»).
En la mayoría de las veces, el verbo iniciar es transitivo. Por tanto, es sinónimo de empezar, comenzar o abrir, y puede alternarse con estos verbos, según el contexto. Para cierta comunicación oficial, las cosas no empiezan, no comienzan ni se abren en Salta, sino que «inician».
Del mismo modo, las personas no «esperan» sino que «aguardan»; y lo que es todavía peor: no «entran» (a un lugar físico o a un sitio web) sino que «ingresan».
Es verdad que «entrar» e «ingresar» son sinónimos casi exactos y que su uso indistinto está lejos de ser erróneo. El problema en este caso es la reiteración de uno solo de ellos y la preterición del otro; y sobre todo, la tendencia a confundir dos sustantivos conexos que no son sinónimos: «ingreso» y «acceso».
Las ciudades y los barrios no tienen «ingresos» sino «accesos» o, quizá, «entradas». «Ingresos» se producen en las universidades, en las academias o en los hospitales, pero muy difícilmente en los sitios web o en los supermercados, a donde la gente simplemente «entra» o, menos simplemente, «accede».

