Por un lado, se ha conocido la noticia que muchos esperaban: el sobreseimiento de la ciudadana Yolanda Vargas, la mujer que fue enjuiciada en Orán como presunta responsable del incendio de su vivienda en la Colonia Santa Rosa en el que murieron sus dos hijos pequeños.
Por otro lado, ayer también ha sido noticia su tocaya Yolanda Vega, diputada nacional por Salta, a quien varios medios han señalado como «la legisladora que menos ha hablado en el Congreso durante 2024». Un récord «desdoroso».
Esta segunda Yolanda se ha hecho más famosa por sus silencios que por sus discursos.
En un cierto sector de pensamiento de Salta campea la idea de que el trabajo legislativo carece de cualquier consideración política y social si no va acompañado por «minutos de parla» en el recinto. Poco importa si lo que dicen tiene sentido o no. Lo importante es el chamuyo.
Probablemente la diputada Yolanda Vega se merezca muchas críticas. Pero cargar contra ella por lo poco que ha hablado o habla en el recinto solo revela que sus críticos tienen aún menos argumentos que ella.
Si para ser un buen legislador hay que hablar como una radio, más nos valdría que los diez asientos que tiene Salta en el Congreso Nacional, en vez de ser ocupados por «humanoides» como ahora, sean ocupados por loritos barranqueros, debidamente adiestrados para no dejar de hablar, desde que entran hasta que salen.
Si el yaguareté es monumento nacional, no vemos por qué los loros no puedan ser representantes de la tierra que los vio nacer.

