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Imagen ilustrativa
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La automovilista previno: «si nadie detiene el tránsito sobre las vías, ocurrirá una tragedia en cualquier momento».



Quiere esto decir que la solución para la inseguridad del trazado ferroviario es -según la señora- suprimir el tren, que es como debe interpretarse la exhortación a «detener el tránsito sobre las vías». Sobre las vías solo tienen que circular los chivos y los perros, no los trenes.

Afortunadamente, la automovilista propuso también una solución alternativa: colocar «barreras mecánicas o humanas» [sic].

Es decir que en el caso de que la autoridad ferroviaria no tuviera la suerte de poner barreras mecánicas, cada vez que pase el tren debería desplegarse una barrera humana, como ocurre cuando se va a patear un tiro libre a pocos metros del área grande. Si hasta se debería prever que en los pasos a nivel al menos un integrante de la barrera haga de «lagarto».

Según la automovilista, el tren que casi la arrolla venía tocando la bocina, pero ella, tan pancha y tan prudente, venía en el auto escuchando música, con las ventanillas cerradas, con el aire acondiciondo a tope y no escuchó el piteo. Alguien se lo tiene que haber contado, o quizá lo escuchó y pensó para sus adentros «el tren va a frenar porque estoy pasando yo».

Lo curioso es que, desde hace por lo menos un siglo, en los pasos a nivel, con o sin barreras, hay una señal en forma de equis que pone muy claramente Pare, Mire, Escuche.

Cualquiera que se aventure a cruzar las vías del tren sin tomarse el trabajo de escuchar y de mirar cuidadosamente, comete una grave infracción de tránsito, sin contar con que arriesga innecesariamente su propia vida y la seguridad del tráfico ferroviario.

«Me parece una gran imprudencia creer que con la bocina es suficiente», ha dicho la automovilista en relación con la forma que tienen los trenes de anunciarse en los cruces sin barrera.

Pero mucho más imprudente, desde todo punto de vista, es aproximarse a un paso a nivel sin detenerse, sin mirar y sin escuchar, con la música a todo volumen y con las ventanillas totalmente cerradas. Al fin y al cabo, la bocina del tren es reglamentaria.

Aunque probablemente, a partir de esta queja tan razonable, los convoyes que atraviesen el feraz Valle de Lerma deberán ser precedidos por una banda de música que anuncie su próximo paso.

Todo el problema es que, como dice la usuaria, «el estilo de vida moderno» es incompatible con la antediluviana bocina de los trenes. Hoy las personas viajan en vehículos cerrados (antes lo hacían en carretas, en cocheros y en sulkis) y los motociclistas usan cascos, no para proteger el cráneo, sino para evitar escuchar lo que pasa a su alrededor. Uno nunca sabe si es mejor no llevar casco y escuchar cómo un camión te hace papilla, o llevar un casco con cancelación de ruido para ni siquiera enterarse del impacto.

Los que caminan por deporte llevan auriculares y les da francamente igual ir por una tranquila vereda tropical que cruzar un paso a nivel con la música a todo lo que da.

La culpa siempre será del tren y de su inaudible, antigua y contracultural bocina, que va en la dirección contraria de todos los cánones de la vida moderna, en la que todos vivimos en un frasco.



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