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Imagen ilustrativa
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A todo lo demás lo podemos preparar según los dictados de nuestra imaginación o las limitaciones de nuestro bolsillo.



Pero al lado de la cuestión moral, y casi a la misma altura, se encuentran los impedimentos que nacen de la conciencia medioambiental.

¿Cómo se sentiría el invitado a quien su anfitrión le ha convidado con un estupendo escabeche de yaguareté?

Algunos audaces dicen que el quirquincho bien estofado está riquísimo, pero...

Hay quien frente al precio exorbitante de la picana y de la bola de lomo prefiere unas sabrosas milanesas de hayacuchillo.

En Salta, había una señora que para aumentar el volumen de su lactancia bebía litros de caldo de hocico. Tanto le gustó, que cuando el carnicero le recomendó que hirviera durante varias horas una suculenta ubre de vaca, le preguntó al hombre si después de hacerlo se podía tomar el caldo.

Años después, la misma señora sorprendió a unos albañiles que trabajaban en su casa con unos riquísimos pescaditos de acelga.

Otros preparan callos a la madrileña con «librillo» y están aquellos que por no echarle huevo a la milanesa (no les gusta tirar la cáscara) impregnan la carne (o la suela que elijan para empanar) con vinagre de alcohol, pues -sostienen- así se les pega mejor el pan rallado, que mucha veces no es pan sino aserrín, de ese que se usa con kerosén para abrillantar los pisos.

Al lado del imperativo medioambiental está la cuestión religiosa, que no hay que desdeñar, por lo menos en Salta. ¿Quién se atrevería a hacerse un tecito con hojas de cebil colorado sabiendo que podría estar bebiendo la sangre del Héroe Gaucho?

Pero entre el vampirismo histórico y el fetichismo medioambiental, hay que valorar muy seriamente si las milanesas de cactus son una buena solución para esta mishiadura.

En principio, un par de cortecitos no harían mal a nadie; pero si las milangas de cactus llegaran a estar verdaderamente buenas y a popularizarse, lo que se atisba en el horizonte es una tala indiscriminada de estos espinosos monumentos verdes de varios brazos.

Tal vez, con el auge de la minería y los desmontes indiscriminados, la descactización de Salta, en vez de ser un problema, se transforma en una oportunidad para nuestra alicaída economía. Cachi podría convertirse entonces en la capital nacional de la milanesa y algún sanguchero avispado de nuestros valles calchaquíes podría disputarle a los tucumanos su hegemonía mundial.

Al final, la Legislatura de Salta debería sancionar una ley para obligar a TikTok a bajar los vídeos con experimentos culinarios que no encajen con la cultura local. Ya tenemos bastante con los tamales de polenta y con los locros de quinoa como para arriesgar nuestro finísimo paladar altoperuano con milanesas espinosas.

Y si eso no da resultado, ¿por qué no pensar en una «lluvia de amparos»?

Si, por definición, la materia prima de los jueces es la carne humana, no vemos demasiado inconvenientes en que extiendan su jurisdicción a las milanesas.


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