Todo el equipo –con su presentadora estrella incluida– se ha dado un garbeo por una conocida peña de la zona Oeste de la ciudad de Salta, en donde mientras se escucha música folklórica, los asistentes pueden deleitarse con unas soberbias empanadas salteñas.
Pero los más puristas no se han sentido tan ofendidos por el cruel tenedor como por el soplido de la curvosa Nati. ¡Las empanadas no se soplan!
Si uno tiene la mala suerte de enfrentarse con una empanada recién sacada del horno, la buena educación incaica manda a que uno espere discreta y pacientemente que la naturaleza haga su trabajo y la temperatura del manjar baje suavemente hasta niveles compatibles con los interiores del ser humano.
Nada de partir la empanada y mucho menos soplarla. Eso hacen los que comen empanadas de jamón y queso compradas en coquetas panaderías del barrio de Constitución.
Un cero redondo en salteñismo para Nati Jota, que ha ofendido nuestras tradiciones más prístinas, mucho más de lo que podría haberlo hecho el padre de su colaborador Homero.

