El hallazgo pone en seria duda el tan declamado amor del salteño por su tierra y confirma una costumbre ancestral: los viajeros no detienen su marcha para aliviarse. Al contrario, prefieren llenar una botella –con toda la incomodidad que ello supone en un vehículo en movimiento– y revolearla en la insondable inmensidad, no sin antes haberla cerrado cuidadosamente con el tapón.
Hasta ahora, el uso de la orina en botella estaba reservada en Salta para la parte alta de la tribuna de Central Norte y para ciertos bailes de carnaval. Por este motivo, su proliferación en las proximidades de los salares de donde se extrae el mineral del litio es toda una novedad, tanto para el gobierno como para las organizaciones ecologistas.
Una de las soluciones para este problema consiste en poner baños químicos cerca de los salares, pero esto –según dicen– solo elimina el problema del plástico. La amenaza microbiológica persiste.
La otra es convocar a los expertos en psiquiatría, que tienen bien estudiado un fenómeno clínico que se conoce como poliuria asociada con el litio (o Lithium-Related Polyuria).
Pero claro, los estudios se refieren al litio que los psiquiatras prescriben para tratar y prevenir los episodios de manía (ánimo frenético, anormalmente emocionado) en las personas con trastorno bipolar (trastorno maníaco-depresivo).
Sin embargo, los mismos científicos no descartan que la mera proximidad con el litio en los salares salteños (el mineral respirado) pueda provocar en los humanos un volumen mayor de orina.
Si esta especulación llegara a confirmarse, la Legislatura de Salta debería aprobar sin demora una ley de «mee salteño», para impedir que chinos, coreanos, estadounidenses, franceses, australianos y canadienses inunden de pis los espacios que corresponde que sean meados por los salteños que, al fin y al cabo, somos los orgullosos dueños del litio.

