Lo que -Dios mediante- se renovará el próximo día viernes 15 no es un «pacto de fe» sino el Pacto de Fidelidad. Es sorprendente que la Iglesia tolere (y en cierto modo, aliente) esta confusión de términos.
Por consiguiente, la Fe (con mayúsculas, que es la fe en Dios) no puede ser objeto de consentimiento por quienes la profesan, sino, en todo caso, de asentimiento o admisión, dirigidos a lo que se considera verdad por estar basado única y exclusivamente en la revelación divina.
El Pacto de Fidelidad lleva a los fieles a decirle al Señor del Milagro: «Vamos a seguir siendo fieles tuyos» y no a decirle «Vamos a seguir creyendo en ti». «Credere non potest nisi volens», decía San Agustín.
La Fe -y los sacerdotes lo saben muy bien- no es algo a lo que se puede adherir y desadherir periódicamente y en base a la mera voluntad expresada en el consentimiento, como quien renueva un certificado de depósito a plazo fijo.
Si los comunicadores (y algunos curas ligeros) insisten en renovar un «Pacto de Fe» en vez del Pacto de Fidelidad, se estarán metiendo en unos buenos berenjenales filosóficos, cuando no, le estarán haciendo un enorme daño a la libertad de conciencia y libertad religiosa de las personas. Y todo por ahorrarle a ciertos comunicadores algunas letras en el titular de una noticia.
La dudosa validez teológica de tal «Pacto de Fe» compromete innecesariamente la alta autoridad (espiritual e intelectual) y la investidura del Arzobispo de Salta, quien seguramente tiene bastante más claro que los comunicadores y algunos funcionarios del gobierno en qué consiste la Fe y en qué se diferencia esta virtud de la fidelidad.



