Sin embargo, a la hora de hacer sus necesidades, parece que todas ellas están de acuerdo en descargar sus intestinos sobre el monumento al general Arenales, que ocupa, como bien sabemos, el centro geométrico del tontódromo.
Desechada la idea del exfuncionario municipal, señor Aroldo Tonini, que propuso en su día aniquilar a las palomas con manguerazos de agua caliente a presión, ahora la solución parece más «humanitaria», o más «palomitaria», si se prefiere.
Mientras Tonini sigue gritando en los confesionarios que las molestas aves no son el Espíritu Santo (aunque se le parezcan físicamente), la recomendación oficial hoy en día es «evitar alimentarlas». Nada de pochoclos, por favor. Tampoco migas de pan viejo, y, mucho menos, chizitos, que luego las palomas hacen la caca anaranjada.
«Alimentarlas hace que esa población crezca de manera ilimitada porque es una especie que, además, no se regula sola y no tiene depredadores tampoco acá en el centro de la ciudad», ha dicho la Subsecretaria de Gestión Ambiental de la Municipalidad de Salta, señora Emilce Arias.
Uno de los problemas que advierte la Municipalidad es que no hay halcones ni cernícalos en las inmediaciones (el Arzobispo tiene a su alrededor otro tipo de aves de rapiña, de plumaje negro), de modo que las palomas se han enseñoreado del paisaje y están sometiendo al general patriota (aunque nacido en Cantabria) a un bombardeo calculado de heces blanquecinas, o verdosas, según la dieta.
Antes por lo menos los lustras de la Plaza ejercían de depredadores naturales de esta especie, pues muchos de ellos, antes de esperar a que liberaran los mixtos rancios del Victoria Plaza para no perecer de inanición, preferían guisar una paloma a la pepitoria. Algunos de aquellos lustras dormían incluso dentro del monumento mismo, pues tenían la llave de la portezuela que hay en su cara Sur. Ahora, con tanta modernidad, ni siquiera eso.
El problema es que el consejo de la señora Arias puede ser malinterpretado en una sociedad que «se indigna» por un tucán abatido con un rifle de aire comprimido en General Güemes. Dejar morir de hambre a las inocentes palomas puede ser tan cruel como matar a balinazos a un tucán colorido y picudo.
Lo que debería entender la Municipalidad, y el Arzobispo, es que los seres humanos tenemos, desde hace décadas, un acuerdo con las palomas: Ellas se apartan de nuestro camino cuando vamos en coche sin necesidad de que toquemos la bocina, y, a cambio, nosotros hacemos la vista gorda en materia de defecación de estatuas.
Este convenio tiene que perdurar en el tiempo.
