El lunes 15, zanjada ya la incógnita sobre el futuro balance de fuerzas en el Congreso, el sistema político deberá poner manos a la obra: Argentina necesita antes de abril resolver el acuerdo para refinanciar su deuda con el Fondo Monetario Internacional, y ese convenio (indispensable para evitar un default totalmente descalificador) no depende solo del gobierno, sino de todo el tejido muscular de la sociedad.
Por cierto, la primera pieza decisiva para ese consenso es el propio oficialismo. Es principalmente en su seno donde ha reinado la tensión sobre este asunto y desde donde más obstáculos retóricos se alzaron. La derrota en las PASO y la vaticinada repetición (quizás suavizada) de la caída el próximo domingo, al golpear al sistema de poder que controla al Frente de Todos desarticulándolo, ha permitido que emerja la opinión de importantes socios que estaban relegados: gremios, movimientos sociales, gobernadores e intendentes. Con ellos se fortaleció la postura realista, favorable al acuerdo con el Fondo y a la búsqueda de consensos amplios para afrontar la crisis. Desde la CGT, que pronto consumará su reunificación con una conducción nueva, ya se anticipó ese respaldo. Lo hizo Héctor Daer, que seguirá siendo el vocero principal de la central, pero también han adherido a ese punto de vista pilares cegetistas como Armando Cavallieri y José Luis Lingieri.
Cautelosamente, Sergio Massa apunta en la misma dirección desde su aparcería en el vértice político del oficialismo. El viene sugiriendo que, inmediatamente después del comicio, habrá que conformar “una mesa de trabajo integrada por el gobierno nacional, la oposición, empresarios y trabajadores, para definir acuerdos de largo plazo y transformar los recursos argentinos en un valor de crecimiento y desarrollo”. Massa no menciona el acuerdo con el Fondo, pero está obviamente implícito: el largo plazo es una fantasía si no se refinancia la deuda con la entidad.
Así como en el oficialismo hay renuencia o resistencia al acuerdo con el Fondo (y a la eventualidad de coincidencias con la oposición), en el seno del Pro y en parte de la UCR el gen anti-K (y, en algunos, el gen antiperonista) prevalece fuertemente sobre la idea de un consenso para hacer frente a la crisis y promover políticas de Estado. La reticencia de Rodríguez Larreta (“no necesariamente con todos”) es considerada por esos sectores una intolerable capitulación.
Pero Larreta acierta cuando señala que un consenso amplio para gobernar y sostener políticas de estado “no es la unanimidad”.
Los acuerdos duraderos no son puras palabras y promesas. Necesitan formalizarse, canalizarse y enraizarse institucionalmente.
¿Cuáles son los instrumentos institucionales del consenso?
En el terreno político la idea del acuerdo se abre paso a trsvés de las conducciones más responsables de las fuerzas, y su espacio institucional natural es el Congreso.
La participación sindical tiene un fuerte anclaje institucional a través de la CGT y el sector productivo tiene sus organizaciones corporativas, tanto industriales como de bancos, campo, comercio o servicios. Tienen, asimismo, instancias de expresión de punta, como la Asociación Empresaria Argentina (AEA) que congrega a dueños de grandes firmas nacionales.
En la búsqueda de un acuerdo social bien asentado, es probable que ahora se necesite estructurar un canal de participación de los poderes territoriales, en primer lugar de las provincias.El Consejo Federal de Inversiones, que ha sido un espacio de debate en ciertas instancias críticas, no tiene, sin embargo, la dimensión institucional suficiente para canalizar adecuadamente la participación de las provincias en la etapa y los debates que se abren, en los que el factor federalismo debe estar presente a través de consensos alcanzados por los gobernadores. El país, por ejemplo, tiene aún la asignatura pendiente de un nuevo régimen de coparticipación, encomendado por la Constitución reformada en 1994.
Un foro permanente de gobernadores -hay ejemplos vigentes: el Consejo Nacional de Gobernadores mexicano- sería una plataforma importante de poder federal frente a las viejas tendencias centralistas del Estado argentino y una instancia de acuerdos y equilibrios entre las provincia y de todas ellas con el gobierno central.
Por esa u otra vía, la dimensión federal tendrá que incorporarse a las bases de consenso que el país tiene que elaborar después del escrutinio y ante la crisis, ya que no lo ha hecho antes.
Ese consenso es la plataforma de una autoridad revitalizada y el programa de una nueva etapa.