No somos los inventores del «tincazo» (se utiliza también en Bolivia y en el Ecuador), pero sí unos de sus más fervientes practicantes.
En idioma inglés, «tinquear» es «to flick the fingers».
Antes de que aparecieran los iPads y el Candy Crush, los más jóvenes de nuestros valles sobresalían por sus destrezas en los tres juegos fundamentales de la infancia salteña: 1) las figuritas, 2) las bolishas (llamadas canicas en otras latitudes) y 3) la ticha (el deporte rural por excelencia).
Los tres, de algún modo, requerían de una habilidad especial para el «tincazo»; y una cierta temeridad, pues no faltó quien se dejara las uñas tinqueando una «tera». Había que arriesgar la propia anatomía si lo que se quería era vencer al enemigo.
El «tincazo» también era fundamental para lograr hacer «espejito» con las figuritas redondas y llevarse las del contrario. Había dos formas de tirar: una, que requería el empleo de una sola mano y el impulso con el pulgar, y otra el «tincazo» aplicado con la diestra, mientras que el jugador sujetaba la figurita con dos dedos de la mano izquierda.
En la ticha, el tincazo servía para impulsar las monedas más pesadas hacia el hoyo, con una precisión que no se podría lograr por ningún otro método conocido.
Fuera del mundo infantil, el «tincazo» era el pasatiempo favorito de quienes, sin tener mejor cosa que hacer, dedicaban horas y horas a propinarse golpecitos en la papada, actividad que solían alternar con el arte de apartar pequeños insectos.
Nuestro «tincazo» es conocido en la Península como «capirotazo», si se aplica en la cabeza, y como «papirotazo» si se da en la papada; también llamada por los españoles «papo» (aunque en Salta esta última expresión sirve para designar otro abultamiento bien diferente, ubicado mucho más al Sur).
Pero en Salta nadie se tinquea la papada, y menos el «papo» (aunque vaya uno a saber), sino el coto, que no es, como dice el Diccionario, la población de una o más parroquias sitas en territorio de señorío, sino el abultamiento carnoso que se forma entre la barba y el cuello.
De hecho, la expresión «me estoy tinqueando el coto» es una forma extrema, aunque muy gráfica, de poner de manifiesto ante el interlocutor que alguien no está haciendo absolutamente nada.
Como, por ejemplo, ponerse a escribir este artículo.

