La plaza en cuestión no es muy ortodoxa que digamos, pues está llena de vericuetos, zonas ajardinadas inaccesibles y de calles sin salida.
Dejando a un lado la complicada geometría urbana de la que sin dudas es una de las capitales más bonitas de Europa, lo cierto es que ahora mismo, cuando faltan menos de dos días para la «noche mágica» del 16 de junio, Madrid es un infierno en toda regla, con temperaturas máximas que rozan los 40 grados a la sombra y que no bajan, ni por casualidad, de los 27 durante la noche y la madrugada.
En estas condiciones, para cualquiera (y no solo para los gauchos montaraces) sería una locura encender un fogón al pie del monolito, pues con la sequedad que hay en el aire, los bomberos no tardarían en llegar al lugar y la policía en meternos presos (el riesgo de incendio es elevadísimo). Aunque, si lo hicieran, nos desilusionaría comprobar que ninguno de sus procedimientos represores estaría precedido -como sí sucede en Salta- por la augusta presencia del Ministro de Seguridad, que cual Cid Campeador o Arcángel San Miguel, llega antes que nadie a los incendios, armado con un matafuegos en su mano izquierda y el Twitter en su mano derecha.
Los cálculos más optimistas prevén para la noche del jueves que Madrid disfrutará de unos asfixiantes 36 grados; ello, si una DANA (acrónimo de depresión aislada en niveles altos) que en estos momento da volteretas sin rumbo en el Océano Atlántico no se lleva este mortífero aire para otro lado.
Pero lo que tiene de interesante esta expectativa de calor extremo durante la noche de Güemes por antonomasia es la curiosa inversión de las tornas de la virilidad gaucha, pues si normalmente -según se dice- hay que tener «el poncho bien puesto» para aguantarse la helada en el Monumento, hay que ser por lo menos el doble de guapo para desenfundar la guitarra al pie del monolito del General Güemes en Madrid, teniendo en cuenta estas temperaturas tan escandalosas que están haciendo, adentro, afuera, de noche y de día.
A muchos gauchos tímidos (y, sobre todo, abstemios) sus compañeros deben sacarles la escarcha a garrotazos después de una noche de guardia lejos de los fogones, de las guitarras y de las damajuanas. En Madrid, si alguien se animara a salir, debería hacerlo provisto de un bidón de Coramina, ante el riesgo de desvanecimiento inminente.
Nunca antes ha tenido la Península una ola de calor tan temprana, tan intensa y tan persistente. Las autoridades han decretado el alerta naranja por altas temperaturas en Madrid (cuando debiera ser roja) y lanzado un severo alerta sanitario que recuerda a las peores épocas del confinamiento pandémico. Muchas personas corren riesgo de caer muertas en la calle, o en sus casas, especialmente si estas son minúsculas o están mal ventiladas. Con ser grave la situación que afronta Madrid, en otros lugares, como Extremadura o el valle del Guadalquivir, la gente la está pasando peor. En algunos de estos lugares, a la hora de la siesta no salen ni los lagartos.
Las autoridades hablan de estrés térmico para llamar a una combinación de factores en los que influyen, casi a partes iguales, el agobio por el calor extremo y la sensación generalizada de pánico por el elevado precio de la electricidad, que mantiene apagados ventiladores y aparatos de aire acondicionado en buena parte de la Península.
Así que si la autoridad salteña (con el Ministro de Seguridad y principal viuda de Güemes a la cabeza) no se ofende, la Guardia bajo las Estrellas de este año se hará -al menos en estas latitudes tan inhóspitas- por Zoom, con barbijo y bajo la bienechora caricia de Mr. Johnson, que es la marca del aparato de aire acondicionado que desde hace algunos veranos viene ahorrándonos el disgusto de morir achicharrados.